lunes, 20 de mayo de 2013

Una crónica interrumpida, un homenaje, una ofrenda

Cuando me entero de la muerte del genocida más atroz, en la cárcel, repudiado, aborrecido, más indigno cada día por su tenaz odio y silencio, estaba escribiendo sobre la jornada en la que por primera vez asistía a los tribunales en los que estamos juzgando a los genocidas.
La comparto hoy, como homenaje o como ofrenda a quienes no pudieron borrar.
Sus sueños resistieron la noche más tenebrosa, el olvido y el silencio que todavía se empecina en ponernos a prueba, mientras respiramos profundo pensando en el ejemplo inigualable de esos pañuelos blancos de la plaza.

(17/05/2013)
Sinceramente, antes de hablar de manera tan liviana e irrespetuosa de dictaduras, muchxs harían bien en dedicar aunque sea un día a concurrir a los juicios de lesa humanidad.

Asistí a los tribunales de Comodoro Py. En la Sala AMIA, se desarrollaba otra jornada de testimonios en el marco de la Causa ESMA unificada. Una querida compañera, Graciela Mastrogiácomo, relató ante el Tribunal Oral Federal Nro. 5 la búsqueda que su madre y su padre realizaron hasta el último de sus días intentando averiguar el destino de su hermana Marta, secuestrada y desaparecida el 20 de octubre de 1976.

Las múltiples formas del terror que asolaron a una sociedad durante tantos años tuvieron efectos tan duraderos como imprevisibles. Todavía están siendo reconstruidas a partir de los testimonios de muchos sobrevivientes y testigos del secuestro, la tortura, el saqueo, la amenaza, la delación, el sadismo de militares y colaboradores civiles. La fiscalía va relacionando datos sobre otras personas de las que no se supo más… alguien que las vió en la ESMA y pudo contarlo, un sobrenombre del torturador que coincide, un objeto robado en los allanamientos ilegales que aparecía en “capucha”… Mínimos detalles para establecer pruebas de los crímenes perpetrados cuando los verdugos pensaban que eran todopoderosos y jamás imaginaron que un día, un tribunal civil y legítimo los sentaría en el banquillo.

La justicia se va tejiendo con la desgarradora entrega de quienes han podido resistir y contar, por los que no están, por los que quedaron en el camino buscando una respuesta, por los brazos que quedaron abiertos y desiertos del cuerpo del esposo, de la hija, en su mayoría jóvenes que no alcanzaban los 30 años. Lenta pero inexorablemente. Hablar es reparar lo que se puede… Porque del lado de los responsables, apenas algunos pocos arrepentidos que se cuentan con los dedos de una mano, han aportado algún dato que arrojó algo de luz sobre lo que hicieron con las personas que llenaron lugares ilegales de detención.

En cada uno de los tres testimonios que presencié el jueves en la sala, me impactó la fuerza y el coraje para revivir y relatar lo que las palabras parecen no poder abarcar.

Se describió lo que provoca el horroroso mecanismo de la desaparición… y el silencio de los verdugos. Aunque tantos testimonios y hallazgos de restos que han podido ser identificados fueron develando que el destino final era la muerte – también cobarde y clandestina ya que el objetivo de los “vuelos de la muerte” era arrojar a lxs prisionerxs al mar, o al delta entrerriano, para que nada quedara-, se dejaba abierta la mínima y remota posibilidad que de alguna manera ese ser querido “se hubiera salvado”… ¿cómo alcanzar la paz, cómo hacer un duelo?¿cómo pretender cerrar esa herida?

Todos pedimos, con cada testigo, que haya un gesto decente, digno, que permita saber qué hicieron con tantas víctimas de las cuales nada más se supo. La conducta corporativa criminal se extiende y sigue lacerando a quienes hoy reconstruimos la memoria, porque nada dicen, porque no se arrepienten. Irritan con su soberbia quejándose de las molestias de trasladarse a declarar cuando hay indagatorias, se quejan de que no se respeta el horario del almuerzo… cuentan con todas las garantías de un juicio que no dieron a quienes cayeron en sus manos.
Pero esa es la diferencia capital con la monstruosidad del terrorismo de Estado que encarnaron, y la justicia democrática.

Alguien agradecíó, tras sus palabras y las respuestas que dieron a fiscales y abogadxs de la querella y de la defensa, a las madres. De no haber iniciado ellas el camino, quizás nunca hubiera podido estar en este presente testimoniando, ni de pie. Un ser humano que ha sido forzado a callar, a vivir con miedo, a olvidar para sobrevivir, es un ser humano arrasado.

Nosotrxs, conmovidxs por la voz, esa voz que hablaba por lxs que no están ya, y que murieron sin acceder a la justicia en la Argentina, que comenzaron a morir con la devastación del día del secuestro del ser querido, abrazamos y aplaudimos también ese acto de testimoniar que no es solamente para nosotrxs, sino para quienes vendrán, para lxs nietxs de las viejas que esperan seguir viviendo para seguir buscándolos, con ese amor y esa ternura que nada puede doblegar.

Las Madres, los organismos de derechos humanos, que cuando parecía imposible, cuando lo normal era paralizarse, levantar un muro protector, pudieron vencer a la muerte. Los asesinos no entendieron ni entenderán jamás a quienes buscaban y se organizaban. Por eso los infiltraban… no creían que pudiesen hacerlo, encontrando la fisura en los muros de juzgados que no hacían justicia, prensa cómplice, pánico instalado en conocidos y vecinos. Tampoco les entraba en la cabeza a los perpetradores del espanto que pudiese el amor por hijxs, esposxs, compañerxs, atravesar la oscuridad sin que detrás de ellxs hubiera “quien los mandara”.

Si el ladrón piensa que todos son de su condición, no asombra que todavía haya tanta miseria humana que difame o cuestione a quienes han permitido, con su coraje, con su entrega, con el riesgo que tomaron, que podamos recuperar la historia de la represión pero además, y sobre todo, la historia de quienes fueron las víctimas del terrorismo de Estado. Se trata también de otra herencia a largo plazo del ingenio del odio.

Una generación nos falta precisamente porque sentían en colectivo, actuaban en colectivo, lucharon por sus ideales, desafiaron las reglas del juego para parir otra sociedad.
No han podido sepultar ni acallar esa fuerza que se desliza en la militancia del presente, en cada unx de quienes volvieron a enamorarse de la política, en quienes dejan atrás el miedo y su socio, la mediocridad, la mentira, el oportunismo, para probar otra manera de vivir y dejar el mundo algo mejor para quienes nos sigan. Que volvemos a emocionarnos con un sueño de país, que volvemos a ganar las calles y que nos animamos a correr los límites.

Gracias a quienes han podido resistir desde aquellos años duros de la dictadura cívico militar clerical. Esos años en los que desaparecían los periodistas y había pensamiento único. Esos años en los que se nos mutiló culturalmente, se nos calló, se nos dijo qué podíamos ver y escuchar…

“Siento que podemos reparar, que no pudieron acabar con algo que recuperaba el país….”dijo Viviana, que tuvo que olvidar y callar para sobrevivir, durante muchísimo tiempo.
Gracias a esa testigo, a esa militante que presentó los amparos para impedir la demolición de la ESMA, hoy convertida en sitio de memoria y sede de actividades culturales, que insuflan la vida donde reinaba la muerte.



Gracias a quien, desde el lugar estratégico que ocupó, se reivindicó como miembro de esa generación diezmada, como hijo de las Madres y con su decidido compromiso profundizó la democracia terminando con la etapa de la impunidad. Para que fuese de verdad lo suficientemente fuerte. Reconociendo la incuestionable responsabilidad del Estado en lo ocurrido y también la responsabilidad actual en la aplicación de la justicia. Sin él, muchos de los testimonios que hoy reconstruyen y reparan, no hubieran tenido lugar.

Tenemos una responsabilidad. No olvidar, ni reconciliarnos. Abrazar aquellos sueños que impregnan las causas del presente, a favor de todxs, con profundo amor y alegría, atravesando las mediocridades, las cobardías y las infamias. Enarbolando las convicciones y siempre, a pesar de los golpes, a pesar de tanta pena, continuar amando, continuar sembrando con una sonrisa.