miércoles, 3 de octubre de 2012

Sin respiro...

Sin respiro…hasta el 7 de diciembre, puntualmente, por el vencimiento del plazo de desinversión de acuerdo a la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la sabia elección de Martín Sabatella en el AFSCA. Por toda la disputa, que no tiene porqué ser necesariamente algo negativo. ¿Quién dice que el conflicto debe erradicarse? ¿Cómo se han saldado los conflictos en nuestra historia para “pacificar”? ¿Quiénes detentaron la palabra cuando se suprimió el debate?
Este gobierno y una mayoría que por él se expresa, está en pleno debate e incluso, se anima al conflicto que se deriva de transformar las cosas. De cuestionar viejas recetas y animarse a desafiar los poderes instalados, entrando a jugar fuerte. Por eso mismo hay tanta adhesión y tanta resistencia, que no se tolera, que desconoce la institucionalidad que invoca cuando desprecia el resultado de las urnas. No es solamente manifestación de oposición esa resistencia que puede asomar como destituyente de varias maneras; lo serán en parte, o tal vez, cuando encuentren una expresión partidaria coherente y elegible, algo que no han logrado hasta el momento. El problema es que mientras tanto, apelarán a todo lo que sirva para minar, obstaculizar y desestabilizar la gestión del gobierno.
Las fuerzas son heterogéneas: a quienes claramente defienden privilegios, la diferenciación tajante de sus goces elitistas y añoran el respeto que les tenían cobradores de impuestos y funcionarios administradores de paso en la Casa Rosada, se les suma “la gente”, formateada y adoctrinada desde el discurso mediático y el período de despolitización que comenzó durante la dictadura cívico militar y se consolidó durante el menemismo. Cultura individualista del éxito y del no te metás, que legitimaba la exclusión de miles del trabajo, de la educación, de la vivienda pobre pero digna, que permitió en silencio dejar atrás toda solidaridad social, que entregó funciones indelegables del estado en manos privadas y no se planteó los costos a futuro. Cuando todo estalló, como en el 2001, como si no hubiera sido el resultado de la mentira que se quiso creer mientras se estaba “adentro” del consumo, agarradxs con uñas y dientes, sin mirar alrededor, cuando tocaron los ahorros y de pronto aquel despreciable piquetero que cortaba el Puente Pueyrredón, o la ruta de Cutral Có no era tan ajeno al mar de gente indignada con De la Rúa que se lanzaba a la calle a pesar de la represión, hubo oportunidad para plantearse porqué pasó lo que pasó.
Pero quizás, asumir todas las causas concomitantes de los sucesos que resultan traumáticos para una sociedad lleve generaciones. La resistencia a admitir que “el dios mercado ha muerto” – si se me permite apelar a Nietzsche aquí- es la resistencia a dejar una cultura de ascenso social muy enraizada entre nosotrxs, esa cultura liberal donde el mérito personal justifica el bienestar personal, donde si lo estatal interviene para extender accesos para demostrar méritos a otrxs quienes no están en la misma línea de largada, sino mucho más atrás, invisibles, se convierte en una afrenta a la libertad individual, una ofensa al esfuerzo de quienes nacieron en hogares donde todo se hizo a pulmón… y sensaciones así.
No se preguntan porqué no todxs largan igual. Porqué tantas familias tuvieron que irse a la villa o descender socialmente a través de los bienes o la pérdida de miembros en el ejercicio de una profesión o un próspero comercio. Rara vez se hace la relación entre la debacle de un modelo económico implementado por gobiernos que no alteraron la distribución de la riqueza- y que no disputaron con otro discursos las verdades instaladas y no cuestionadas sobre el funcionamiento de la sociedad – y el desempleo, la inseguridad tan mentada en algunas situaciones y no en otras, la corrupción que como acusación generalizada se extiende para desprestigiar a toda la política. Porque la corrupción menemista no molestó, o si molestaba, no se la recuerda. Se busca enarbolarla como manto de sospecha hacia un ejercicio del gobierno legitimado en las urnas y ratificado justamente por reivindicar la decisión política para tomar medidas administrativas, para delinear un rumbo económico, para fortalecer una cultura solidaria y donde lo público no es un gasto sino una inversión, donde por ejemplo, la alianza con países latinoamericanos resulta central, la historia se discute y se resignifica.
Se habla desde un lugar agazapado, se celebra la muerte de un mandatario que logró el amor de un pueblo y la adhesión de quienes estaban descreídxs de que alguna figura política pudiera torcerle el brazo al dios mercado. Se odia a la Presidenta que tiene argumentos y solidez que pocxs pueden mostrar en cuanto foro internacional o acto en un pueblo cualquiera del país, dando cuenta de lo que hace. Y que es atacada por la corporación opositora cómplice de la dictadura que no piensa reconocer la ley emanada del Congreso de la Nación que además del artículo 161 de desinversión, consagra el derecho a la comunicación.
Cambio de paradigma: no es cuestión de libertad de prensa, que jamás ha estado amenazada desde que el kirchnerismo gobierna, sino de añoranza de manejar esa efectiva distorsión del periodismo independiente que mueve los hilos de la política, impone los temas que hay que discutir y aprieta a quienes no les resulten afines, neutralizando con una concentración descarada pero que no se percibe como sospechosa, toda posibilidad de competencia.
Derecho a la comunicación implica muchas cosas, fundamentalmente, que el guión que se instala y repite puede ser cotejado con otros. La corporación no desaparecerá, así como tantas personas siguen prendiendo sus canales y comprando sus diarios y revistas, y repitiendo el horror del “escandaloso ataque a la prensa independiente”. Y ése es el punto más importante. Lo que se quiere creer.
Hasta el 7 de diciembre habrá un clima pesado y que no nos dará respiro. Mucha “gente” pretenderá permanecer ajena tal vez a esta disputa entre la defensa y la profundización de esta etapa democrática novísima en nuestra historia, y la reacción indignada por el atrevimiento de haber alterado la calma de lo dado como natural, como merecido, para cuestionar sus privilegios y hacer valer el rol del estado como actor clave en la reconfiguración de un mapa de acceso creciente a derechos. Mucha “gente”, decía, no indaga qué tiene que ver esa molestia que le provoca quien hace, más que el cómo lo hace, con lo que ha preferido conservar como inmutable en sus coordenadas de valores, y se pliega a lo conocido por siempre. Cuestionarse es un atrevimiento, conlleva el peligro de perder seguridades. Animarnos a transitar otro camino diferente al de la dependencia y subordinación, con lazos fuertes con otros gobiernos atrevidos de nuestra América del Sur, también. Los ataques de adentro son tal vez más duros y más tenaces que los de cualquier potencia u organismo internacional, precisamente porque entrañan todos los valores que legitiman lo conocido como inmutable: ser dependientes, imitar recetas de los “triunfadores”, cuidarnos de lo público, diferenciarnos de la raíz mestiza, gustar de estudiar en Harvard y guardar dólares. Tener la vara selectiva, que “chorro” es el que se afana la 4x4 y no un grupo que se queda con los fondos previsionales, cedidos por el estado, para dilapidarlos en la timba financiera sin que se los investigue.
La democracia puede ser una mera palabra, o puede ser una experiencia colectiva cuyo sentido surge de una construcción permanente, donde aquello que ayer era impensable, en unos años pase a ser algo que también naturalizarán nuestrxs hijxs, que tendrán en la mira otras apuestas y otros atrevimientos.