lunes, 12 de diciembre de 2011

La mamá de Camilo y Ludmila se vino de Ezeiza

Una escena entre tantas, un mismo sueño.
Compartíamos el pedacito de sombra, en la Plaza, junto a esa valla en la que habíamos colgado nuestra bandera, esa que las compañeras hicieron para expresar nuestro orgullo y alegría por ese 10 de diciembre que coronó los esfuerzos militantes y premió la fortaleza de una mujer extraordinaria, Cristina Fernández.
Las bolsitas con agua aliviaban la espera. Desde tempranito en la mañana, para verla pasar hacia el Congreso, gente suelta y en grupos llegaron a ocupar un lugarcito para poner el cuerpo, para encontrarse con esa emoción tan fuerte que puede hacernos aguantar 31 grados con el sol a pique, sin que aflojar, enganchadxs en una vibración inigualable.
Lxs chiquitxs, preciosxs, sorprendidxs por momentos por el volumen de tambores, batucadas y cornetas.
De gorros, sombrillas, colores, pañuelos, sonrisas, nos cubríamos de la potencia de ese sol de verano que hería la vista tanto como regalaba el cielo más lindo para la transmisión y las fotos.


La mamá de Camilo y Ludmila se vino de Ezeiza, sola con lxs chicxs, acompañada de sentimientos de gratitud y de una esperanza que era la misma que nos movía a nosotras, el grupo que le tocó en suerte al costado de una de las pantallas ubicadas sobre Rivadavia, en la plaza donde de nuevo se mojaban las patas en la fuente lxs morochxs, y no tan morochxs. Digo… el pueblo, con propiedad, si con esa palabra nombramos a lxs que empujamos los límites para ocupar el lugar que no teníamos y que excede siempre las representaciones armaditas que nos suelen dejar afuera o sin voz ni voto.
Me dijo: “A mí no me trajo nadie, yo no milito, los traje a los nenes para que vieran esto, porque estoy muy agradecida con ella; porque, con todo lo que le pasó, ella está firme para nosotros, para ellos…Quiero que la vean, que sepan, quiero estar y decirle gracias…”

Cumplí 44 años el sábado y no pude festejarlo de mejor manera. Las palabras de la mamá de Camilo y Ludmila, su sueño, su presente, que es como el mío, muy parecido al mío, expresan esa certeza de estar protagonizando nuestro destino colectivo. No nos conocíamos hasta ese momento con esa mujer joven, que seguramente lloró muchas veces la desolación de no poder soñar o quizás, no poder trabajar, o comer como lo merece en un país de abundancia apropiada.


A pesar de no tener la misma procedencia ni oportunidades -seguro-, a esa impotencia y derrota la conocí durante gran parte de mi juventud, y lloré por el futuro de una hija nacida en tiempos de desidia neoliberal y de puntos finales. Agarrada con fuerza a convicciones que no rifaba, quedé como tantxs afuera del ejercicio de una profesión que se farandulizó, caminé como equilibrista para no quedar sin el techo alquilado y corrí por los gases del 20 de diciembre de 2001. Se habían robado el presente de quienes no pudimos ser jóvenes. Y nos mataban de a poquito, como al país que cada uno compone, de tristeza y desencanto.

Por eso, desde que Néstor Kirchner se puso la banda presidencial y alteró los ánimos, la relación de fuerzas y todas los pronósticos, de alguna extraña manera volví, como a los 17, con la experiencia que enseñó esa etapa de la juventud que no había sido, a tener un presente vibrante, a tener un sueño que no era mío nada más, era el de miles que están y otrxs que no están físicamente, pero habitan esta locura preciosa de intentar la felicidad, la dignidad, la democracia verdadera…
Cumplir años el 10 de diciembre es ahora una yapa extraordinaria. El mejor festejo por estar viva es vivir este país movilizado y atento, sentir que mi sentir no es nada más mío, es el de mis compañeras y compañeros, es la alegría de mis seres amados, es que la fiesta sea la de la plaza en la que una mujer como Cristina, abrazada por un amor multiplicado, baila, llora, sonríe, agradece, como bailamos, lloramos, sonreímos y agradecemos nosotrxs.
“No soy yo”, dijo, y es lo mismo que sentimos.Somos un maravilloso e imbatible “nosotrxs”.