miércoles, 4 de noviembre de 2015

Volver a los 17 por Carolina Fabrizio



Yo tenía 17 años. Hasta ese momento mi existencia había sido la de una chica común de clase media: colegio doble jornada, mucho estudio, incipientes intereses góticos. Algún amor adolescente. Varias inscripciones anónimas en liquid paper debajo del banco de clase.
Tenía un amigo, Juan, que me grababa canciones de Sui Generis y Serú Girán en un casette. También otro amigo, un japonés, que en ese momento estaba organizando una jornada por los desaparecidos de su colectividad. Me acuerdo que me traía gorritos raros y tocaba canciones de rock nacional en una guitarra. Leíamos Rayuela juntos y yo lo acompañaba a recitales populares donde él me compraba colgantes con la cara del Che.
Tenía 17 años y la seguridad de que el mundo me pertenecía. Quizás ese impulso arrollador, esa energía vital, no me permitían ver las ojeras de mi mamá, o el hecho de que cada vez ella volviera cada más tarde a casa por las clases extra que tomaba a su cargo. Quizás no advertí las largas horas que mi viejo pasaba sentado en el sillón del living, mirando al vacío, esperando algo. De a poco me fui dando cuenta de que mi hermano venía del supermercado con la calculadora, y de que mi papá iba menos veces por semana a trabajar. Hasta que un día no fue más.
Lo primero que vendimos fue el auto. Eso no me importó demasiado: de todas maneras yo me trasladaba en colectivo.
Lo segundo que vendimos fue el piano. Y ahí sí sentí una herida, una marca, una especie de profundo desarraigo. Porque mi abuela había sido concertista. Yo tenía (tengo) grabados a fuego las mañana de domingo durante las cuales ella tocaba una canción, la que le pidiese, mientras yo tomaba café con leche. Fue mi abuela la que me enseñó a dibujar la clave de sol en el pentagrama. Fue mi abuela la que me regaló el libro “La Dama de las Camelias” a los ochos años, sin importarle que tuviera partes eróticas, porque a mí me había gustado la obra. Y estoy segura de que fue también mi abuela la responsable de que mi hermana se interesara por el canto lírico y llegara a ser la artista que es hoy, llevando la ópera a los barrios y trabajando con orquestas populares infantiles y juveniles.
Y el piano se iba. Y mi única posibilidad de continuar con el legado de mi abuela se iba también.
Ahí empecé con los ataques de pánico. Como nos habíamos quedado sin obra social no pude atenderme con nadie. Después de clase hablaba con mi profesor de Filosofía para tratar de darle un sentido a las cosas.
Lo tercero que vendimos fue la casa. En realidad no la vendimos: la perdimos, porque ya no podíamos pagar más la hipoteca. Mi viejo había perdido el trabajo, estaba con una profunda depresión, y mi mamá docente cobraba su sueldo en tres veces (mitad en pesos y mitad en patacones).
Nos lavábamos el pelo con algo muy parecido al jabón. Agobiada por el estrés, la responsabilidad de sacarnos a todos adelante y el consumo de puchos que se había ido acrecentando en relación directa con su ansiedad, mi vieja tuvo un edema pulmonar y terminó colapsada en el hospital. 
Me refugié en Rayuela, en el Che, en la certeza de que las palabras son actos y los actos pueden cambiar el mundo. Fundamentalmente me refugié en mi mejor amiga, que fue el pilar de mi adolescencia y mi cable a tierra en medio de tanta incertidumbre. 
Decidí que yo también tenía que colaborar para que la familia no se fuera a pique, y empecé a dar clases de inglés en casa. Así conocí a mi primer novio. Empecé a militar. Le mentía a mis viejos: decía que me iba a dormir a la casa de él y en realidad nos íbamos a hacer pintadas y marchas contra el ajuste. Un día mi novio fue a una movilización en defensa de Zanón y la bala de plomo quedó incrustada a dos centímetros, en la pared, justo al lado de su sien derecha. No me olvido más. Ese día la muerte me tocó muy de cerca.
Una tarde prendí la tele y vi mucha gente en la calle. Entre el tumulto reconocí a una compañera del colegio, Julieta, que estaba protestando pacíficamente en una ronda en la Plaza y a quien cercaba la Montada con aire amenazante. Manoteé las llaves. “¿A dónde vas?” me dijo mi mamá. “A la Plaza, se está juntando la gente y parece que va renunciar De la Rúa. Hay compañeros míos”. Mi vieja (que parece que además de la casa, el auto y el trabajo del marido no quería perder una hija) se plantó delante de la puerta, me sacó las llaves y no me dejó salir. Me quedé encerrada en mi cuarto, llorando, seguramente gritándole cosas horribles.
De la Rúa se fue en helicóptero. Tuvimos varios gobiernos-relámpago sobre los que ironizábamos en el colegio en una materia que se llamaba “Realidad social” (en ese momento regían el polimodal y su laxa currícula). Hablábamos sobre Asamblea Constituyente y Soberana y nuestro profesor, que era peronista, nos decía que estábamos todos locos.
Arrancó nuestra peregrinación por las casas y los departamentos alquilados. Con cada nueva mudanza, una nueva pérdida.
Pasó el tiempo. A sus más de 50 años, mi viejo consiguió laburo. Mi mamá volvió a cobrar a principio de mes y de una sola vez. Yo me anoté en la facultad, me enganché en uno de esos laburos que abundaban por la época (esos call centers en inglés) y me dediqué a descubrir mi vocación. Pude sacar una beca que cubría todos mis gastos de apuntes. Estaba contenta. Había descubierto lo que más amaba, y podía estudiar en una universidad pública con docentes increíbles que me hacían flashear.
Hoy tengo 30 años, un marido y una hija. Desde hace más de nueve años soy docente de inglés (lo que se hereda no se roba). Tengo el privilegio de estudiar en una de las mejores universidades del continente, sin poner un peso y aprendiendo muchísimo. Estudio Letras, quizás en homenaje a la Dama de las Camelias. He intentado tocar el violín infructuosamente y ahora incursiono con la flauta traversa, quizás en homenaje a mi abuela, a sus esfuerzos por enseñarme la clave de sol en un pentagrama y a su amor por el piano mientras tomaba café con leche los domingos en su casa.
Tengo 30 años. Y no quiero volver a los 17.