jueves, 2 de junio de 2011

Nuestras Madres


Mientras se aguarda el fallo de la Cámara de Casación Penal acerca de la extracción de sangre para hacer el análisis de ADN de Felipe y Marcela Noble, en el marco de una causa que ha cumplido ¡10 años!, me preparo para salir en rato a la Plaza de Mayo, a hacer la ronda con las Madres.
Cerrando filas.
No es casual que ellas, que comenzaran a marcar un camino impensable para unas mujeres comunes, amas de casa, maestras desde el día en que empezaron a unirse en el reclamo por la aparición de sus hijas e hijos desaparecid@s, hoy protagonicen una marcha muy especial.
Se pretende mancharlas, cubrir con un manto de sospecha la obra que hoy siguen haciendo por la justicia y el derecho a vivir dignamente. Que nunca fueron complacientes, que nunca aflojaron.
No pudieron desalentarlas en aquellos días tremendos de horror y de persecuciones, no las amedrentaron con la desaparición de las primeras iniciadoras como Azucena Villafor, que las instó un día a abandonar la búsqueda de respuestas en los corredores sordos y mudos de los arzobispados y de las oficinas gubernamentales para afrontar juntas la lucha por la verdad y la aparición con vida.
En ese camino que iniciaron, solas, aprendiendo a sortear los obstáculos, y a hacer de las amenazas o presiones, armas de amor -como la ronda misma-, fueron brindándonos a toda una sociedad golpeada, anestesiada o indiferente, una lección de coraje y de entereza de la que hasta hoy estamos aprendiendo.
Cuando el Mundial del 78 pretendía distraer y disfrazar el exterminio y las atrocidades que comenzaban a denunciarse en el mundo, los periodistas extranjeros transmitieron su imagen y sus voces clamando por ayuda, por respuesta.
Demasiado caminaron y pelearon. Tuvieron que soportar especulaciones políticas, la ignominiosa marcha atrás que representaron las leyes del perdón y los indultos a manos de presidentes que no tuvieron ni la decisión ni el coraje de ellas para honrar los valores fundamentales que permiten construir una democracia.
Cuando en 2003 Néstor Kirchner se proclamó hijo de esas Madres de los pañuelos y avanzó en el juzgamiento de los criminales y cómplices, hizo de los derechos humanos mucho más que declaraciones. Los convirtió en un eje central del modelo de país que estamos sosteniendo. El pañuelo que cubrió el cajón de Néstor cuando se fue físicamente, era la expresión de gratitud, de amor y de una alianza.
Alianza entre esos sueños por los que las víctimas del Terrorismo de Estado lo dieron todo,-y que, ahora, buscan abrirse paso convirtiendose en realidades poderosas a pesar de las heridas y las canalladas de quienes fueron cómplices y beneficiari@s de la Dictadura-, y nuestro compromiso con la práctica ejemplar de esas mujeres extraordinarias, nuestras madres, las Madres de Plaza de Mayo.