lunes, 7 de marzo de 2011

CELEBRARNOS

El 8 de marzo no es día de consumo ni para esperar regalitos. Sería traicionar su hermoso sentido. Vaciarlo de contenido es parte de la batalla cultural y política que libramos las mujeres.

A través de nuestras innumerables historias,hemos sido silenciadas, relegadas a algún comentario al pasar sin nombre propio,sin registros confiables.Contadas y escritas por varones, no hacen lugar para nosotras, la primera mercancía y objeto de intercambio, que tuvimos asignada como función natural el trabajo no reconocido doméstico, además del de parir y criar a la prole.

Mujeres de razas y clases distintas guerrearon, inventaron códigos secretos para comunicarse. Mientras algunas sufrían el exterminio selectivo en razón de su vagina ni bien eran traídas al mundo, en otros sitios, eran obligadas al confinamiento en un templo de por vida, como vírgenes de una deidad...al servicio de varones.
Varones que se apropiaron y se apropian hoy de ese trabajo que ni siquiera se visualiza como tal.

Mujeres valientes que deseaban huir de la violación o de la vida de casaderas ingresaban a la vida conventual para estudiar y leer y si eran hábiles, quizá manejar el único espacio político disponible para ellas -como abadesas o madres superioras-, aunque sujetas a la autoridad superior de obispos y papas.

Existieron mujeres que gobernaron diestramente, mujeres emperatrices cuyo nombre fue borrado para siempre de todo códice o monumento, mujeres que desde un lugar subalterno manejaron influencias y políticas de Estado en las cortes o en la cama de reyes y ministros.

Hubieron otras, líderes de aldeas y campesinas, cuya sabiduría medicinal y la transmisión de la historia oral representaron en determinado momento un peligroso poder; mucha de la imaginería acerca de la brujería y los pactos con el diablo las representan distorsionadamente con el mismo furor con el que el inquisidor empleaba el potro de la tortura. En realidad, el problema era que se reunieran, que fueran escuchadas y respetadas, que ocuparan un sitio importante en sus comunidades. Que esas mujeres supieran evitar embarazos no deseados, curar enfermedades, transmitir experiencias de resistencia y organización minaban el temor y la obediencia a los poderes con que siempre varones eran investidos.Disponer del cuerpo y del placer estuvo reservado solamente a ellos.

Con el tiempo, y la aparición de la familia nuclear burguesa, la soberanía nuestra ha residido en el hogar, en el mundo de lo privado. Revolución francesa, "todos somos libres e iguales", pero ese todos no somos todas, son ellos. Después de luchar a la par de los revolucionarios en la Comuna de París, en las guerras de la independencia que dieron origen a nuestros estados democráticos, las guerras coloniales y post, nos recluyen nuevamente en la casa sin derechos políticos y sin derechos civiles. Hacia fines del siglo XIX en el que las mujeres comienzan a poblar las fábricas, emigran buscando trabajo a América o a otras regiones y se enfrentarán a nuevos desafíos.

Algunas lucharon denodadamente pensando que el acceso al voto garantizaría una igualdad de las que siguieron privadas aún después de la eliminación de la proscripción de las mujeres. En EEUU habían sido traicionadas por quienes con ellas, defendieron la abolición de la esclavitud: una vez conseguida, el reclamo por la igualdad política de las mujeres se dejó de lado y las muchachas comprendieron que tenían que hacerlo ellas solas. Que otra alianza, de género antes que de clase, de etnia o de nacionalidad, se mantenía inalterable.

En la primera mitad del siglo XIX una paria, Flora Tristán, iniciaría la conexión entre la explotación obrera y la explotación de la mujer, articulando ambas causas contra la alianza de los estados democráticos burgueses y lo que en el siglo XX llamamos "patriarcado".

Si hurgamos un poco y reconstruimos las gestas intermitentes y acalladas,- porque implica un esfuerzo de reconstrucción de nuestra historia - nos encontramos con líderes obreras y verdaderas luchadoras feministas que no solamente batallaron contra la explotación de clase y participaron en sindicatos y asociaciones,sino
que fueron protagonistas de un internacionalismo obrero y pacifista. Vislumbrando la trampa del nacionalismo aliado al capital, aguzando la mirada en la condición diferencial de la mujer obrera, dividieron aguas. Clara Zetkin lideró la primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en la que se propuso por primera vez el 8 de marzo como Día de la Mujer Trabajadora, y llegó a plantear a Lenin la "cuestión de la mujer". Su compañera y fundadora de la Liga Espartaquista sacudió los desarrollos teóricos del mismísimo Karl Marx con un nivel intelectual incomparable: ¿cuánto se conoce a Rosa Luxemburgo? Ni hablar de una Emma Goldmann...

Las resistieron los burgueses y sus Estados, pero las resistieron sobre todo, los varones. Sus compañeros. Porque ellas entendieron que el goce sexual o el control de la natalidad eran la amenaza al ese poder patriarcal que impregnaba también a la clase obrera. Que la prostitución era una manera siempre renovada de apropiación del cuerpo de las mujeres. Que en ciertas ocasiones el matrimonio podía implicar una prostitución encubierta. Dependiente del marido, discriminada en el mercado laboral, sometida al mandato de la maternidad obligatoria, la mujer era victima de una apropiación primera.No solamente explotada por el capitalismo, sino oprimida por el patriarcado.



Separar, disociar o condicionar ambas cuestiones ha sido fatal para la emancipación de la mitad de la humanidad que viene sufriendo de múltiples formas este poder del padre/varón. Que tiene una plasticidad tan impresionante que cuesta abarcarlo en sus alcances,y que consiste básicamente en una superexplotación. Amparado por los valores con los que se lo ha investido, el varón se apropia de la fuerza
reproductiva y productiva de las mujeres, de su trabajo no reconocido pues este rol es considerado "natural", se hace "por amor", y al ser remitido a una supuesta naturaleza femenina, es inalterable.

Muchos/as pensaban que con la abolición de clases sociales desaparecería esta opresión. Se equivocaron doblemente. El capitalismo renueva las instituciones patriarcales así como refuerza viejos dispositivos en clave moderna y posmoderna, porque precisamente el pacto entre varones atraviesa las clases y las fronteras. El término "hombre" designa a unas y otros. La ley se dice en masculino.

Las tremendas realidades en relación a la trata de personas, mujeres y niñas y niños siguen diciéndonos: por más avances que parezca tenemos las mujeres en ciertas esferas de lo público, por más leyes y normativas que persiguen igualdad de derechos y oportunidades, por más torsiones en el lenguaje para apuntar a una revolución de lo simbólico -que configura maneras de ver el mundo y al otro u otra-, persiste la violenta apropiación del cuerpo del sujeto sexuado considerado inferior justamente en razón de su género. Ejemplifica a través del dinero que mueve, el flujo de clientes/prostituyentes, el modo en que los fundamentos más hondos de nuestra cultura permiten que el varón actúe como propietario de la mujer, a la que explota, viola, mata o vende como una mercancía. Ese dinero,lavado, ingresa en nuestras economías globalizadas y compite en dimensiones con la venta de armas o de drogas, nos está revelando cuánto hay que pensar y cuánto debemos afilar en nuestra percepción para visualizar esta opresión y crear maneras efectivas de combatirla.
Solamente así podemos hacer otros pactos de convivencia.

El derecho, blando y ambiguo porque es androcéntrico, es una herramienta nada más, entre otras. Hay que probar que no consentimos prostituirnos, tenemos que "defendernos" si somos violadas frente al abordaje de los/as agentes del Estado, la medicina, los peritajes. Hablar del padre y del patriarcado es demasiado fuerte para nuestras sociedades.Pero es imprescindible.

Estas reflexiones entonces son mi homenaje a todas aquellas, feministas o no, que comprenden y cargan en su cuerpo las cicatrices de esta aventura de intentar otra manera de vivir, que saben que compatimos una experiencia común a pesar de las diferencias de época, clase o etnia. Para quienes se fortalecen en la solidaridad y el compromiso por otro pacto de equidad y liberación para todas y para todos. Y también para ellas, las que todavía no han comprendido y que, "cuando comiencen a moverse",como decía Rosa, "sentirán el ruido de sus cadenas".