domingo, 21 de noviembre de 2010

No regalemos las palabras


"Mi nación no tiene cruces ni banderas" (Tres Agujas, Del 63, Fito Páez).
Las/os que crecimos con la Dictadura, podíamos sentir la letra de Fito plenamente. Una experiencia habitual de represión que se presentaba como lo dado -no había podido paladear todavía, por la poca vida vivida hasta entonces, la diversidad de pensamiento ni la libertad- y que tenía sus ceremonias repetidas y grandilocuentes de marchas militares, maestras de postura grave y firme en el frío de los actos en las fechas patrias. La marcha de los colegios por la Costanera -crecí en Gualeguaychú- atrás de los uniformados, como ellos al ritmo del "izquierdo, derecho, izquierdo", ensayado como si se tratara de lo más importante, me molestaba profundamente. Y todavía no sabía nada de lo que se hacía en nombre de esos símbolos.

En 1978 la Junta vino a inaugurar el Puente Internacional Gualeguaychú-Fray Bentos. Las fuerzas vivas, engalanadas, nos vistieron de falditas y shorts de papel crepe celeste y blanco, con la camiseta argentina, para marchar por la 25 de Mayo. Una señora tuvo la idea de poner la bandera de los treinta y tres orientales en el balcón, junto a la argentina y la uruguaya. No sólo se la hicieron sacar, casi se la llevan detenida. Yo no entendía del todo lo que escuchaba comentar a mi padre, que siempre había sostenido lo brutos que eran los milicos.

Pero tal vez hubo cierta una complicidad en aquella "torpeza" de la señora que la había colgado frente al lugar donde Videla, Massera y Agosti bajaban de sus coches. Tal vez, la sonrisa de mi Viejo al narrar la anécdota "animales, es una de las banderas patrias de Uruguay" estaba diciendo algo más... La bandera de Lavalleja y sus 33 Orientales reza "Libertad o Muerte".


El recuerdo viene a cuento de la Patria y la Soberanía.
Se trata de conceptos, los que son móviles, se saturan y se resignifican. Se utilizan como armas, como herramientas, para distintos fines. Los militares y la sociedad fascistoide se llenaron la boca con ellos. En el sufrimiento de quienes vivimos esa "Patria", en el saldo de la vergonzosa conducta en Malvinas en el '82 de aquellos que sólo sabían reprimir compatriotas y mandar a morir a los subordinados -chicos que castigaban en el mismísismo campo de batalla-, pero no enfrentar un ejército usurpador, esas palabras se nos marcaron con un signo infame.

Los conceptos pueden y se deben transformar con experiencias concretas que les dan sentido.
Resulta que la soberanía es la autodeterminación de un pueblo si se traduce en la posibilidad concreta de las personas de vivir dignamente. De poder decidir, determinarse, en pie de igualdad con otros/as.

La igualdad es un universal que se pone a prueba, se verifica, en un ejercicio particular, concreto e histórico. Se va ganando, no está dada de una vez y para siempre. Y no desconozco las diferencias de clase; al contrario, asumiéndolas es que esta conquista de la igualdad, como la de una soberanía real, es una batalla permanente que se da en cada pequeño gesto de todos y todas.
La soberanía es un ejercicio de derechos pleno. Muchas mujeres sabemos cuánto hay que trabajar por desmontar las diferencias en el acceso a la igualdad de oportunidades. La que ha sido obstaculizada por la construcción cultural que el patriarcado hace a partir de diferencias anatómicas. Y vamos planteando, cada vez más y con distintas estrategias, la visibilización,
la voz propia, la libertad y la dignidad de no ser más objetos de legislaciones, prejuicios y prácticas que nos oprimen. La Patria y los valores occidentales y cristianos de tradición y familia han servido de batería ideológica para sofocar nuestra ciudadanía. Pero la soberanía, la libertad y la dignidad no puede no implicar la posibilidad efectiva de decidir sobre nuestra vida y sobre nuestros cuerpos en tanto ciudadanas.

La Patria no puede ser referida nada más que al sector rico y poderoso. Ni la ciudadanía sólo a quienes tienen el camino allanado para el disfrute con el trabajo mal pago de sus compatriotas, aprovechando la ignorancia, el olvido interesado de la historia, monopolizando los discursos.

La soberanía es la defensa de nuestros recursos naturales, botín por el que vienen de afuera y de adentro intereses mezquinos.

La soberanía es soberanía alimentaria, jaqueada por Monsanto y el cipayaje que, llenándose los
bolsillos -por ahora- no repara en cuánto nos enfermamos, cuánto nos empobreceremos perdiendo la diversificación de los cultivos, agotando la tierra, envenenando napas de agua.

La soberanía es la búsqueda de un desarrollo entre pueblos hermanos que no produzca ecocidios, como el del Río Uruguay. Hoy como ayer, con cuentos de progreso y dádivas lastimosas, se echa mano de las palabras y los conceptos para someternos y dividirnos, víctimas de una trampa. La historia de nuestras naciones nos enseña mucho sobre lo que ha dejado tanta división: pobreza para nosotros, beneficios para quienes dividen.

La Patria somos todas y todos. La Presidenta hizo justicia en su discurso conmemorativo de la Vuelta de Obligado a las ausentes de la historiografía liberal y revisionista también: a las mujeres que pusieron el cuerpo, la sangre, el sacrificio y la vida y jamás son mencionadas. Y esta soberanía -como la de aquel 20 de noviembre de hace ciento cincuenta años sepultado por los mal llamados próceres- de la que habla ella, no es una fórmula vacía, sino una experiencia crucial compartida por millones de personas que sienten emocionadas cantar de nuevo una marcha militar en el Bicentenario.

Porque se vive una tarea de inclusión de ciudadanos y ciudadanas. Porque la Patria de la que hablamos no se distingue de la Patria Grande Latinoamericana, que con tropiezos e imperfecciones pero sin perder el rumbo, ha sabido ponerse de pie para decir NO ante las potencias y NO a los organismos financieros multinacionales que, en nuestro mundo contemporáneo, eran los titanes del mundo económico globalizado (como la armada anglofrancesa frente a la Confederación). Y ha dicho SI a una construcción de identidad común desde el sur, diversa y heroica, sufrida pero entusiasta en sus principios de justicia popular y dignidad continental.

Charly García escribió en "Botas Locas" -tema censurado en 1974- acerca de los milicos aquellos: "Amar a la Patria bien nos exigieron / si ellos son la Patria yo soy extranjero"...
En este 2010, estamos haciendo esta Patria en la que podemos cantar, emocionados con Fito en los festejos del Bicentenario, y entonar la Marcha de San Lorenzo junto a uniformados/as compartiendo una pertenencia. Sintiéndonos protagonistas de un proyecto transformador. No podemos entonces, regalar las palabras a quienes las pisotean con la codicia y la traición a sus semejantes. La Patria chiquita, excluyente, declamada y vacía.

El lenguaje es un campo de batalla. Y las palabras nos pertenecen en la medida en que las empuñamos a la par de una tarea coherente que les da sentido. No regalamos entonces la Patria, ni la Soberanía y podemos sentirlo así porque queremos la dignidad y felicidad colectiva.