lunes, 8 de noviembre de 2010

La memoria




Pensaba escribir sobre el ejercicio de la memoria como una tarea ineludible para la ampliación de la democracia. Para saber de dónde venimos, cuáles son las herencias que recibimos, para comprender lo que nos sucede como sociedad y cuáles son las opciones por delante (que no son nunca infinitas ni aparecen de la nada).
Y se muere Massera, hoy.
Se muere y no en una cárcel. Fue indultado en 1990. Al reabrirse los juicios paralizados se le dictó prisión preventiva, pero se le otorgaron beneficios a causa de su estado de salud : un aneurisma lo habría dejado "demente".
Recibió condenas sociales también, que son las definitivas a largo plazo. El día que tuvo que abandonar un restaurante cuando toda la concurrencia lo enfrentó, retirándose en señal de repudio, lo que no había logrado el brazo institucional de la justicia -gracias a la debilidad de los gobiernos perdonadores- logró sancionarlo.
Se me dirá "quedó impune". Cumplió menos de cinco años de su condena a perpetua por el indulto de Menem. Se lo procesó por el robo de niños/as. Sólo en el exterior se lo condenó en ausencia, como a Astiz.
Es verdad. La justicia llegó tarde y llegará tarde para muchos como él.
Pero está la memoria colectiva que sabe quién fue, qué representó, en especial por haber sido quien tuvo el proyecto político dentro de la Junta Militar, apuntando a cooptar a los"recuperados/as" en el contexto del infierno de la Esma.
Y si hace falta seguir hablando del terrorismo de Estado y de la desaparición de personas como práctica sistemática, planificada y tolerada por la cúpula de la Iglesia Católica y sectores de la sociedad que se beneficiaron con las políticas económicas de la Dictadura Militar, es porque esa memoria es la única forma de no repetir estas atrocidades.
Si seguimos construyendo la memoria de quiénes y el cómo y el para qué de las torturas, los secuestros, el robo de bebés, la complicidad de resortes judiciales, del rol de una prensa adicta y entusiasta de la represión que contribuyó a mantener en la clandestinidad el horror, -desinformando, tergiversando o llamando "enfrentamientos" a ejecuciones - seguramente no volverá a tolerarse nada semejante.
Aunque el discurso "blumberguiano" de la inseguridad haya prendido en ciertas franjas de la población, de allí a alentar un exterminio, ya implica un paso que no todos/as están dispuestos a dar. Hay, sino principios sólidos de respeto por la vida humana, al menos, formas que mayoritariamente han calado hondo en el tejido social.
La memoria conlleva relatos no siempre homogéneos, interpretaciones que coexisten alrededor de estas heridas que toman tiempo en ser procesadas.
La memoria se fue abriendo camino entre las posturas conciliatorias con el Proceso con ímpetu de dejar todo atrás, de meter la basura debajo de la alfombra decretando olvidos; se abrió paso a los empujones y codazos entre los vaivenes de un gobierno que pretendió que los militares se juzgaran entre ellos. Eran los tiempos nuevos de la democracia recuperada; los militares eran fuertes a pesar de su deshonra en Malvinas. Provocaron con una rebeldía una concentración masiva en defensa de la demoracia y las instituciones, y aunque se haya negociado ese respaldo monumental, ya había anticuerpos contra el terror y el miedo.
Movilización, denuncia, investigación. Dar testimonio.
No había precedentes de lo acontecido. Faltaban figuras legales para un juzgamiento.
Se batalló ininterrumpidamente desde las primeras rondas de las Madres en 1977 para nombrar, para recoger datos y narraciones terribles e imprescindibles en un trabajo digno de juzgado de instrucción que permitió al fin, que la Cámara Federal sentara en un banquillo de acusados a Videla, Massera y Agosti, y los condenara.
Una conquista dramática de justicia que seguramente estos desalmados jamás imaginaron.
Cuando se juzgó, - y tan limitadamente como fue - se traspuso un umbral para que la democracia empezara a afirmarse en un cimiento básico: el respeto por los derechos humanos y la igualdad ante la ley.
Luego, durante años vivimos resistencias, vergonzosos indultos, leyes de perdón, pero desde los organismos, desde la ciudadanía que no era ya capaz de resignar la bandera de Memoria, Verdad y Justicia, se mantuvo un reclamo, se apeló al escrache, a la inscripción en las calles. Sin dar un paso atrás.
Finalmente y por esa memoria viva en estado de construcción permanente, los juicios se reabrieron, se declararon inconstitucionales las leyes de la impunidad y Néstor Kirchner, como presidente de la Nación, procedíó a ordenar que el cuadro de Videla fuera descolgado en la Escuela de Mecánica de la Armada. En nombre del Estado Argentino, pidió perdón por los crímenes de lesa humanidad. Pudimos entrar en la ESMA a conmemorar la memoria de las víctimas, con nuestros/as hijos/as, a explicar qué había sucedido allí, a escuchar a quienes nacieron allí en cautiverio y habían recuperado su identidad y la historia que les habían robado. Como Juan Cabandié, que se reinventó desde su tragedia personal. Como otros/as nietos/as recuperados/as por la incesante lucha de Abuelas.
Y lejos de transformarse en un algo estático, el Espacio para la Memoria en el que fuera el más terrible centro clandestino de detención, tortura y muerte se convirtió en sede de actividades culturales y artísticas en sintonia con el pulso vital de una sociedad que quiere ser cada día más democrática en sus prácticas y sus experiencias.
Vamos a seguir hablando mucho, y por mucho tiempo de Massera.
Vamos a seguir haciendo, desde nuestro lugar, esa memoria y esa justicia por las víctimas y por nosotros/as mismos/as.