martes, 18 de octubre de 2016

Paramos

Que la violencia de género no es nueva se sabe. Basta con resignificar, desde nuevos marcos, desde una sensibilidad creciente, arraigadas costumbres, historias pasadas de cuando de eso no se hablaba, cuando además de ser golpeadas, violadas, violentadas, reducidas a cosas, muchas mujeres callaban, o sentían vergüenza del daño inflingido en la más dolorosa soledad.
A Eva Perón le pintaron ese "viva el cáncer" en la pared cuando se moría. Tras robarse su cadáver se ensañaron con sus restos.
Incontables mujeres quemaron los inquisidores por brujas; las denunciaban los vecinos cinco siglos atrás y en tiempos de la colonia.
En el Manual de los Inquisidores además, se detallaban infames modos de tortura que se regodeaban destrozando sus cuerpos. Eran los mismos asesinos torturadores que cubrían a la única mujer digna de culto, una virgen madre anulada por completo en su sexualidad, que sólo intercede y llora en el mundo masculino de lo divino. En los campos de concentración en todo el país, asomaría esa crueldad que conmueve, esa realidad que perturba tanto, la de la violencia sexual del terrorismo de Estado. Esa palabra ha atravesado incontables trabas cuando venciendo límites, logra expresarse en un tribunal para reconocer el delito de lesa humanidad y reclamar algo de justicia. Ellas que permiten también resituar ese eslabón de la violencia hacia nosotras extienden desde su dolor personal al yo  y dan testimonio por las que ya no pueden denunciar, las desaparecidas. Vencen la ferocidad que pretendió convetirlas solamente en víctimas mudas.
De ellas también aprendemos. De ellas tenemos legados.
Siempre peleamos. Y hasta de la tarea de recomponer esas huellas necesarias nos toca ocuparnos también.
La crueldad de ahora no es nueva. Mujeres pelearon por la libertad y las mandaron a sus casas o las ajusticiaron, en las revoluciones europeas o en las independencias nuestras, fusiles en mano o a pura piedra y lanza. Con Túpac Amaru, con Belgrano, con los caciques resistentes.Codo a codo. Pretendieron borrar la huella pero hasta hoy siguen luchando sus hijas que las reivindican, aún desde la periferia de la historia o de los medios.
Muchas huellas y mucha sangre, mucho olvido, mucha violencia, mucho ovario y fortaleza que no sirve como se supone, para soportar sino para transformar reglas de juego.
Ante esa fuerza - que no era nueva en la masiva participación femenina desafiando códigos y conductas en los 60 y los 70- siempre hubo reacciones de violencia inaudita como la desatada  por la dictadura occidental y cristiana y su repertorio de violencia sexual sistemática disciplinadora.
La compleja militancia que se desmarcaba de la sumisión y los mandatos recibió un ataque feroz para recordarles "como mujeres" su lugar, y enviar un mensaje específico dentro de la diseminación del terror de un país minado de campos de concentración e infectada del miedo que da la impunidad. Impunidad que cada tanto reconocemos con ganas de volver a instalarse naturalizada
Mujeres, de nuevo, permitieron quebrar el silencio y recomponer una lucha. Y otra vez, en democracia,  las de pañuelo. Por la lucha viven y por su maternidad reconvertida en causa colectiva vamos haciendo camino. Algunas de nuestras Madres con su paso lento de años y dolores todavía nos siguen enseñando que no podemos quedarnos quietas, que no hay tiempo para bajar los brazos ni para la resignación cuando arremete otra vez la desmemoria, la represión, la planificación de la miseria y el desamparo y los sálvense quienes puedan.

Un límite se fue, se va corriendo: el de lo tolerable. Nos fuimos empoderando al salir a la calle, haciendo los multitudinarios Encuentros de Mujeres, peleando en el Congreso desde la patria potestad compartida hasta el derecho a la interrupción voluntaria de un embarazo forzado por falta de libertad o de acceso a educación; reclamando por el derecho a la integridad - la violación en el seno del matrimonio era también una costumbre acallada-,  gritando no somos envases y saquen los rosarios de nuestros ovarios que somos personas.
Porque fueron apareciendo sin permiso también las piqueteras, que sin talleres especializados ni academias se plantaron ante los machos golpeadores o los machos de sus organizaciones, disputando estrategias y protagonismo en el movimiento de mujeres.
Adolescentes que han nacido en democracia y que pueden soñar con ser presidentas en lugar de contentarse solamente con el proyecto de ser madres o esposas como cauce posible para su energía y su creatividad, nos enseñan también, precisamente desde esa diferencia generacional, respuestas espontánea y desafiantes a las nuevas formas de las viejísimas violencias.

Se discute en estos días porqué paramos.
Se discute si el paro o no paro, qué pueden hacer los varones, si marchan o acompañan.
Es de todxs la problemática y eso es un logro.
Pero algo no debe olvidarse en este asunto, jamás. Como para el machismo y la intolerancia sexista y ese fascismo viscoso que nubla las neuronas y sólo puede escupir un odio tan estúpido como peligroso, somos las mujeres los blancos. Son también el objetivo de esa furia asesina las trans y las travestis. 
Entonces hay momentos en que es preciso visibilizar aún lo que en este orden injusto muchas personas no experimentan: el riesgo de ser tratadas como basura, el riesgo de morir por ser mujer, nada más que por serlo.
Eso no lo han vivido los varones, nada más que por ser varones, por más que se trate de varones que jamás harían lo que los varones tienen carta blanca para hacer. 
No lo viven, y lo saben esos varones que tienen conciencia y se dejan enseñar esta vez, por quienes han tenido que hacer fuerza para ser reconocidas como tan seres humanos como ellos.
Mañana paramos, y además hablamos, y además hacemos escuela.
Por nosotras, por las que no pueden ya gritar que tenían una humanidad tan digna como la de cada unx de quienes nacen. La humanidad que a veces, demasiadas veces en este mundo, hay que reclamar... Como la libertad, como la vida, como la justicia, como ese NUNCA MÄS y el NI UNA MENOS.
Paramos y se multiplican los apoyos, y apoyan muchxs que no piensan que cada vez que la pantalla de la tele o el micrófono de la radio propaga mierda revictimizadora y justificadora de la saña o la afrenta cobarde hacia nosotrxs, muchas veces ríen o siguen prendidxs como si nada pasara.
Muchxs quienes resisten la eduicación sexual integral para que nuestrxs chicxs tengan chance de formarse en vínculos de respeto y en la diversidad de pensamientos y afectos, ampliando horizontes, ponen la foto y el afiche, como si las muertes salieran de debajo de baldosas después de la lluvia.
De la sexualidad y de las relaciones de poder entre los géneros debe hablarse en la escuela si la escuela es un espacio capital para formar ciudadanía.

En las universidades intentamos alterar la visión androcéntrica del conocimiento y además desarrollar también una catapulta que sea capaz de derribar los muros de la solidaridad corporativa que protege violentos de toda laya, escudados en prestigios, cátedras o cargos.
Estamos desarrollando redes de apoyo a nivel nacional porque sabemos que solas no podemos y las trabas son muchas. Y en la dura tarea de articular acciones y desarrollar protocolos de intervención, lidiamos con innumerables obstáculos de nuestras propias prácticas patriarcales, intentando deshacer la maraña en la que estamos también, involucradas. Para no morir y para vivir, producir, elegir, como deseamos y aún no podemos.
Porque como a todas las otras mujeres, en cualquier ámbito y desde todas nuestras propias diferencias, la tenaza sexista nos retiene en una cristalización fatal que nos expone a la muerte.

Queremos pensar porqué, qué prepara esos episodios, qué es necesario para proteger y contener. Cómo atravesar nuevas pruebas sin perder la brújula y el objetivo. Vivir en libertad, sin miedo. Sin cuidados que restrinjan nuestra circulación, nuestro proyecto existencial, sin cortar nuestras alas.
Nos ponemos en marcha y paramos también.
Investigamos. Trabajamos. Creamos modos y militancias plurales y capaces de articular diferencias sin debilitar las causas. O lo intentamos.
Paramos en un país donde la central obrera machista no hace un paro general en medio del desastre que vulnera derechos cada día y afecta de modo diferencial a las mujeres.
Creamos redes en los barrios y en las universidades y entre militantes de centrales sindicales y espacios partidarios que todavía tienen pendiente democratizarse a fondo en relación a la paridad de género. Que todavía suelen apropiarse de nuestro grito y nuestra demanda de justicia.

Basta de hipocresía de incomprensibles feministas cuando emiten anuncios rimbombantes y revisten en una gestión que reduce las redes de contención, los programas de asistencia dirigidos y hambrea, denigra, estigmatiza a quienes deben sostener, si se animan a denunciar, la burocracia, la manutención de sus hijxs, el cada día.
Nuestro Consejo Nacional no condena la detención ilegal de una mujer luchadora con todas las irregularidades habidas y por haber, no condena la represión del último encuentro y recorta el panorama de la violencia de género a medida del plan de un presidente que no se sonroja cuando declara que la homosexualdiad es una enfermedad y que a todas nos gusta que nos elogien el culo.

Basta de comunicadorxs cómplices - ya no puede decirse que no están preparadxs-  porque nada justifica diseccionar la vida de quien no puede ya decir nada porque ha sido asesinada por mujer, y que deben comenzar a enfocar la atención a quien se siente con el derecho a matar, a violar, a incitar a matar.
Basta de reírse y banalizar este espanto con imágenes traumatizantes o comentarios ofensivos.
Nosotras paramos. con el nudo en la garganta y a grito pelado, todo junto,
Paramos para hacer sentir aquello en lo que descansa tanta costumbre de devaluar y agredir.
Paramos y pensamos y exigimos y marchamos.
Vivas.
Resistentes.
Rebeldes, como lo es Hebe todavía.
Insolentes ante el orden asesino del odio de género, el abuso y la explotación nuestra de cada día.
Que no es casualidad este infierno ni tampoco es inevitable.
El 19 de octubre, paramos.