lunes, 10 de agosto de 2015

La victoria


Apenas concluye una etapa en el camino a las elecciones presidenciales que definirán el futuro de la Argentina por cuatro años.
Tras meses de intensa guerra sucia mediática acerca de la cual se reflexionó en este blog, el proyecto kirchnerista está profundamente enraizado en una población que no responde de manera automática a la sucesión de campañas desestabilizadoras que reemplazan el debate de ideas y planes de gobierno en un contexto internacional sumamente difícil, en el cual la mismísima Europa muestra sus fisuras, desmintiendo el orden republicano de buenos modales formal con la cruda voracidad de los bancos y el remate de países enteros casi sin disimulo. Grecia, España, y muchos más seguirán el camino al cual nosotros en Latinoamérica opusimos nuestras resistencias históricas durante siglos, resistencias derrotadas pero no vencidas.
La victoria es la pelea, la de las argumentaciones y la de la puesta del cuerpo en la calle, la del cuestionamiento de teorías y discursos legitimadores de lo establecido, la creatividad para la participación popular, la apertura a nuevas maneras de lograr firmes objetivos colectivos. Se necesita diagnosticar con realismo a partir de las relaciones de fuerzas y de lo que hay, no de lo que nos gustaría en términos de un modelo ideal o ajeno que se presenta siempre superior e inalcanzable. Se necesita saber con qué posibilidades ciertas se cuenta para administrar los esfuerzos y las fortalezas, y se necesita también por eso hacerse cargo de las debilidades que tenemos, el colonialismo cultural persistente, las secuelas de la dictadura y del ciclo neoliberal de desacreditar a la política para dejar paso a la mera administración de gerentes y empresarios de lo que es de todxs. La cuestión es horadar un discurso que evita llamar con nombre y apellido a los verdaderos depositarios del poder que se pretende disputar construyendo cada día poder alternativo, para tener la capacidad de mantener un cambio de rumbo hacia la soberanía política y económica en lo nacional pero también en lo regional, porque no podemos cortarnos solos en este continente.
El resultado electoral de ayer es analizado e interpretado de diversas maneras, pero me interesa aquí manifestar que la victoria se va haciendo cada día de pequeñas victorias que nunca son definitivas, sino etapas de un camino. Hemos podido fortalecer la militancia y la discusión política pese a la inundación de slogans, calumnias y generalidades que no buscan sino reemplazar la participación colectiva y crítica por mecanismos de respuesta automáticos a los estímulos de la pantalla venenosa del televisor. Como el perro de Pavlov.
La hipocresía reciclada esconde que lo que molesta es la dignidad de todxs que se va logrando - lo que por otra parte nunca se satisface totalmente- que amenaza los privilegios para pocos; con clichés remanidos se disfraza la bronca que nace porque pasó, sucedió y sucede: se ha demostrado que es posible plantear a nivel global la estrategia más novedosa en política desde América Latina. Frente al despojo financiero de las multinacionales, es posible reindustrializar y autoabastecerse a partir de nuestras riquezas; negociar con dignidad y firmeza ante los expoliadores, sean organismos de usura o conglomerados abusivos desacostumbrados a la desobediencia que busca que subsistamos y nos desarrollemos. Ellos predican desde sus supuestos méritos para desarrollarse, que hoy resultan como nuca, sospechosos. Ellos desarrollados, pero nosotros también, ¿o será que no se nos aplica?. La teoría de la dependencia tiene cuarenta años. Y sabemos por haberlo vivido, que los muertos no pagan las deudas, como dijo Néstor Kirchner.
...Y nos conquistó.
No es milagroso ese camino a la victoria, se necesitaron y se necesitan gobernantes comprometidxs con sus mayorías excluídas. Pero se necesitan más aún pueblos afirmados capaces de recuperar experiencias que existieron y fueron arrasadas por sangrientas dictaduras. Aquí están, a pesar de todas las heridas y desilusiones, esos pueblos que tienen rostros de jóvenes, de viejxs, de nuevas identidades políticas potentes y desafiantes en su alegría. Multitudes que coexisten con viejas estructuras y las renuevan o las traspasan. Un paisaje de gobernantes y movimientos político sociales que no se ajustan a las descripciones canónicas de una teoría política que clasifica desde los parámetros de otro lugar, por cierto.
Provoca escozor la experiencia de estos años que ha sembrado militancia y conciencia en grandes sectores que no se resignaron a la catástrofe y conservan la memoria de la crisis de 2001, del dolor del hambre de nuestros chicos y viejos, que no se conformaron con que no hubiera posibilidad de futuro ni presente. Hoy lo tenemos. Y es, desde ya, una victoria.
Las victorias son cotidianas, tanto como los desafíos de dejar de mirar el mundo de manera dicotómica, en términos de blanco y negro, buenos y malos. Es mucho más complejo que eso y requiere responsabilidad para saber qué nos demanda la hora, qué seguridades tenemos que abandonar para leer el mundo un poco más correctamente.
Las victorias se nutren sobre todo del aprendizaje de los errores que tan caro pagamos. Y de saber que no hay modo de rehusar un compromiso escudándonos en letanías vacías contra males que no son imaginarios pero no se identifican con claridad para derrotarlos. "La corrupción" es el latiguillo preferido que nadie explica pero no se aplica a verdaderos asaltantes de los poderes institucionales democráticos que operan en las sombras y nunca van a elecciones. O sí, a través de marionetas o amasijos de partidos que alguna vez fueron revolucionarios, devenidos en empleados bastante ineficaces.
Se le ha ganado una batalla al veneno destituyente de los operadores. La política excede con creces el libreto diseñado de antemano y sin consultar, y no somos perros que cambian de collar, somos un pueblo complejo, contradictorio, herido y heroico en su pulso cotidiano, camino a la victoria hecha de las pequeñas victorias de cada día.