jueves, 16 de abril de 2015

Delia, Marita y la siempre evitable violencia de género

La semana pasada un compañero me preguntaba si realmente "servía" investigar, escribir, publicar, debatir para cambiar las causas del inconmensurable dolor que sufren miles de personas. Y la discusión que se prolongó varias horas volvía una y otra vez a interpelarnos como esas personas que hacemos filosofía, que somos docentes o comunicadores y que parecemos a veces estar suspendidxs por sobre las tragedias de todos los días. Y que estamos también, pero no siempre, a una distancia innegable de tantas lágrimas.

Si no creyera en que vale la pena esto de pensar, discutir y cuestionar, en cada ámbito donde estemos, como una militancia, como una necesidad desbocada y muchas veces torpe o a destiempo, lo que puede percibirse como causa del dolor y la injusticia, no haría ni filosofía, ni periodismo, ni docencia, ni sostendría tampoco esa larga conversación con mi compadre tan escéptico. Dos sucesos ayer evocaron esa conversación. Una sensación ambivalente que perdura mientras escribo estas palabras.

Una noticia alentadora respecto de una sentencia judicial en la provincia de Buenos Aires, que absolvió a Delia Moyano. La mujer había sido víctima de años de violencia física; víctima de violencia institucional, porque hizo denuncias que no prosperaron. Varias veces, relataron testigos en el juicio, tuvo que buscar desesperadamente refugio con sus pequeños hijos en hospitales para pasar la noche mientras los golpes recibidos, con palos, fierros o puños se repetían sin tregua. Las marcas contaban la historia. Doce años de violencia constante y tolerada. Un día se defendíó. Un 24 de agosto, pudo manotear un cuchillo de la cocina para defenderse del agresor que la quería atar. y no le daba tregua. Su vida podía correr peligro. El agresor resultó herido esa vez. No quiso atenderse y tres días después murió.
Delia fue acusada de homicidio agravado por el vínculo.Podría haber sido condenada a prisión perpetua, de acuerdo a la solicitud de la fiscalía. El defensor, en cambio, pidió a lxs integrantes del Tribunal Oral Criminal de Azul considerar que se trató de legítima defensa en el contexto de violencia de género, por lo cual correpondía absolver a Delia.
El Observatorio de Violencia de Género de la Defensoría del Pueblo de la provincia de Buenos Aires hizo una presentación ante el tribunal con la jurisprudencia de casos similares, en los que las mujeres acusadas fueron absueltas en base a la consieración de ese contexto de violencia de género que configura la legítima defensa.


Poco después de mediodia supimos de la resolución que hizo justicia a la víctima de una violencia que todavía no termina de considerarse un problema. Que funcionarios judiciales, policiales, peritos, docentes, comunicadorxs, comerciantes, artistas, mecánicos, modelos, psícólogxs, asistentes sociales, mozos de bar, electricistas y diseñadoxs, no terminan de llamar por su nombre. Delia fue escuchada y absuelta. Los argumentos de la fiscalía y del Observatorio lo lograron. Y la sensibilidad del tribunal. No siempre sucede. Por eso sentimos ese alivio. Y también alegría. Una alegría inmensa por ese pequeño gran acto de justicia en medio de la injusticia masiva que se repite en otros casos y que toleramos como sociedad. Las toleramos con el argumento de los problemas de pareja, de las patologías de los honbres violentos o las sospechas alrededor de las conductas de las mujeres golpeadas y aterrorizadas en su casa y en la calle.Hay demasiadas Delias que cumplen condenas tras sufrir un infierno que no se percibe como tal.
Lxs niñxs que son otras víctimas de estos horrores, son objeto de traslados que deciden desde los escritorios, a institutos y hogares sustitutos, o alguna que otra vez, como si fuera una película de horror, devueltos a la casa o al ámbito donde impera el violento.

Durante décadas se ha trabajado incesantemente desnaturalizando las relaciones de poder entre los géneros para sacar de lo privado e íntimo una práctica injusta tolerada y aprendida. La mujer, esposa, novia, concubina, hija, hermana, no es un objeto, no es una propiedad del varón. La violencia que llamábamos doméstica es violencia de género, una violencia hacia las mujeres en tanto mujeres que está tipificada en todas sus manifestaciones en leyes vigentes que lxs jueces y policías no pueden ignorar. Que ningunx de nosotrxs puede ya desconocer.
La sociedad va lentamente aprendiendo a mirar situaciones que antes no parecía ser un problema suyo. Vamos adoptando palabras nuevas, hay que insistir y acostumbrarse. La violencia extrema que llega a quitar la vida no puede llamarse más crimen pasional. Es un feminicidio. No es inexorable.

Ayer a la tarde también supimos de la muerte inglingida a María Eugenia Lanzetti en el jardín de infantes donde trabajaba, en un pueblo cordobés. Estaba en una salita con lxs niñxs y en compañía de un botón antipánico; porque ya había estado a punto de morir a manos de su ex marido. Por eso, el violento no podía acercarse a "Marita", como la llamaban cariñosamente. Alguien conocido de la familia confirmó que el feminicida había querido matarla antes, por lo cual se habían separado; aseguró que el agresor era "sumamente obsesivo" y que por eso, -¿por no poder acercársele?- este desenlace "no pudo evitarse". Mencionaron además trastornos psiquiátricos. Tras el hecho, Mauro Bongiovanni fue detenido por la policía que le encontró el arma que había utilizado.
Los relatos a los medios señalan la conmoción. El contexto, la presencia de niñxs pequeños, lo hace aún más escabroso. Sigo pensando en las palabras del allegado a la familia...¿no pudo evitarse?

Un trabajo militante persistente y persuasivo, angustioso y por momentos descorazonador - si tenemos en cuenta cuántas vidas se han perdido y se pierden cada día a manos de "obsesivos", "trastornados", "alcohólicos" que por otra parte suelen ser bien considerados en sus comunidades que no los oondenan socialmente a tiempo - ha podido instalar una sensibilidad que define a partir de una sentencia judicial, no solo el destino de una acusada o un acusado, sino el mensaje que da a la sociedad a través de lo que dictamina.
Permear el machismo en ciertos estamentos es una quijotada, pero no es imposible.
Entre las cosas que hacen falta para erradicar la violencia de género, creo fuertemente que es necesario insistir y proponer campañas y nuevas medidas de protección, celeridad en las resoluciones, capacitación y ecigencia en la escucha de los centros que reciben las denuncias; más eficaces resoluciones y contundentes campañas en la tele y en todos los medios de comunicación.

Que hablar de esto con quien tengamos sentadx al lado en el colectivo, en una clase, en una mesa de café, sea un ejercicio cotidiano. Así y solamente así se cambian las prácticas, inclusive hasta ese gesto que parece tan mínimo de cambiar un canal de televisión cuando se festeja el desprecio hacia las mujeres o se banaliza desde el morbo una tragedia evitable frente a la que no cabe carroñear sino comprometerse.Para evitarlas, porque estas muertes, estas violencias, estos infiernos son evitables.