miércoles, 31 de julio de 2013

Corajes y cobardías. Pensando en Gloria Di Rienzo

Gloria Di Rienzo es una de las cuatro mujeres que hablan en el documental “Lesa Humanidad” realizado por el Programa “Violencia de Género en Contextos Represivos” a cargo de la Lic Dinora Gebennini de la Secretaría de DDHH de la Provincia de Córdoba en 2011. Fruto de un proceso colectivo de reflexión sobre las experiencias de varias decenas de ex detenidas políticas, el material, duro e impactante y clave para entender la importancia de correr los umbrales de visibilidad de las violencias naturalizadas y permitidas. Entre los años 80 y el presente, las mujeres lucharon y se traspasaron a sí mismas desde lo colectivo, desde la resistencia, compartiendo, emergiendo desde el silencio y la invisibilización; “haciendo lobby”, dirían algunos…

Las personas gays, lesbianas, trans sufrieron (ayer) y sufren todavía aniquilamiento a partir de la discriminación, ya fueran las víctimas de las botas – el Archivo de Memoria de la Diversidad da cuenta de esto- o de la privación de derechos que priva de la libertad. El odio en democracia. El martirio de la Pepa Gaitán, entre tantxs otrxs.

La violencia sexual fue y es una forma de disciplinamiento de género (la represión vehiculizó deliberadamente la identificación de la masculinidad con la dominación y la feminidad con la pasividad). En el caso del terrorismo de estado, el cuerpo de las militantes que se habían atrevido a desoír mandatos culturales fue un objeto privilegiado de tormento y de humillación.Se quiso dejar en claro el precio a pagar por subvertir los valores de la “civilización occidental y cristiana”. La saña de la tortura concentrada en las partes que hacen a la identidad femenina en tanto objeto sexual, se desató en paralelo con la identificación de la mujer con la docilidad, la sumisión, la maternidad: se las acusaba a las Madres de los pañuelos de no haber cumplido su tarea de proteger y cuidar a sus hijxs desviadxs, por ejemplo.

Gloria, como las tres compañeras que hablan en “Lesa Humanidad”, entregan su testimonio con una demanda: una declaración que apunta a la consideración de las violaciones y abusos sexuales como lo que son, delitos de lesa humanidad. Excediendo a lo meramente jurídico – es decir, no considerarlos más como tormentos agravados- apelan a dotar de un sentido profundo esa experiencia singular, que nunca es del todo individual sino colectiva – el terror diseminado y la sistematicidad del delito contra una población que se construyó como objeto de la represión- para que nos movilicemos productivamente, si se me permite la expresión. Porque el terror del campo de concentración, esa violencia sexual sistemática, esos mecanismos de castigo y disciplinamiento para con las identidades, prácticas y experiencias disruptivas de las impuestas por la cultura hegemónica – articuladas en modos de vida fijos, géneros dicotómicos: varón- mujer, heterosexualidad obligatoria, percibidos socialmente como lo “normal”, lo “”civilizado”…pueden reaparecer y de hecho, asoman en la violencia contemporánea. En sus diversas formas, psíquica, física, simbólica…

Este legado de las sobrevivientes nos permite trabajar y trabajarnos en desmantelar toda la violencia latente de nuestro imaginario y de nuestras instituciones. Esas que imperceptiblemente reproducimos. Esas que aparecen en el tratamiento periodísitco, en fundamentos de sentencias judiciales, en las preguntas de médicxs, en el comentario aparentemente inofensivo de la charla casual.

Esos testimonios que nos comprometen a reflexionar/actuar nos aguzan – si nos damos el trabajo de revisarnos críticamente a cada paso- para reconocer la violencia simbólica, las pequeñas marcas que desde que somos chicxs vamos recibiendo. Nuestra subjetividad siempre está en formación. Entonces ante un feminicidio (al que no se lo llama por su nombre) de cuerpo catástrofe en la sección e policiales, poblada de estereotipos, indagando sobre la víctima, atropellando el derecho a la intimidad, banalizando abusos y prerrogativas de género, licuando responsabilidades institucionales, ya no podemos permanecer en la sorpresa o caer en un morbo que no cambia las causas de comportamientos que insisto, no son nunca meramente individuales.

Nuestro país ha sido mucho tiempo - y muchxs aún quieren que continúe siendo-, ese “país esponja que se chupa todo lo que pasó”, como canta León Gieco en Los Salieris de Charly. Durante décadas se convivió con genocidas y torturadores. Durante décadas ignoramos cuántos civiles, “gente bien” había participado y colaborado con el plan desaparecedor que parecía tarea exclusiva de los uniformados, la mano de obra. Convivimos con violadores y apropiadores de bebés.

Personajes que compiten para convertirse en representantes de la ciudadanía, que gustan de “mirar para adelante”, que acusaron y acusan a Madres y a Abuelas de “revanchismo”, han participado, no solo entonces sino en democracia, en el mantenimiento de personal de fuerzas de tareas en las polícías provinciales y otros estamentos. Han promovido a funcionarios del poder judicial que avalaron la tortura y la desaparición, que jamás dieron curso a un hábeas corpus, que informaban a quienes eran buscados por sus crímenes. En cárceles vip o en domicilios bien acolchaditos los viejos dinosaurios siguieron intimidando desde el trato diferencial recibido a una sociedad que todavía tiene mucho por saber y por asumir.

Por eso no está de más recordar a tipos como Oscar Aguad, quien fuera Ministro de Asuntos Institucionales de la gobernación cordobesa de Ramón Mestre en la década de la impunidad menemista. Gloria Di Rienzo testimonió en la Causa de La Perla una espantosa visita de los mismos torturadores, violadores y desaparecedores que padeció en el centro clandestino – la D 2- a media cuadra de la Cstedral de Córdoba, quienes con sorna le cantaban “somos los mismos”, cuando se metieron en su casa ilegalmente una tarde. Cara a cara enfrentó a Dómine, Nieto y al Tucán Yanicelli, nombrados por el actual Senador Aguad a quien otros testimonios vuelven a incriminar. En el juicio a Jorge Rafael Videla y a Luciano Benjamín Menéndez en 2010, el querellante Miguel Hugo Vaca Narvaja solicitó que se citara al senador nacional Oscar Aguad, pero en ese momento no se hizo lugar al pedido.

En el documental Lesa Humanidad Gloria dice que hablar de los tormentos y vejaciones padecidas, “fue un proceso, me lo permití recién en 2007 y fue parte de restituirme a mí misma; hablar es un gran paso, para que nunca más suceda”.

A continuación, y tomado del blog causa Córdoba, reproduzco parte del testimonio de Gloria Di Rienzo en la Causa La Perla, una de las más impresionantes y por ser la primera sobreviviente que le pidió al juez que todos los imputados se retiraran de la sala mientras estuviese declarando.

Fue salvajemente violada por la patota que se encarnizó con ella: “Fueron cuatro días, pero en mi mente, en mi cuerpo, el tiempo no terminaba de pasar. Me desnudaron, me picanearon las encías, los dientes, los genitales; y una mujer me retorcía los pezones... Le decían Graciela” (la torturadora Graciela “Cuca” Antón: la única mujer entre los represores en juicio, quien tiene por costumbre reírse casi todo el tiempo, de modo despectivo, mientras escucha los testimonios de las víctimas).
La golpearon entre varios hombres “a puñetazos simultáneos”, en un pasillo de la D2. “Como la picana hacía que mi cuerpo se arqueara, se cayó la venda. Ahí, no sé cómo, me senté y los miré. Uno por uno. Todavía hoy tengo esas caras como si fueran una foto. Nunca me las olvidé. Después empezaron a violarme todos... Como yo apretaba las piernas, me tiraron agua caliente para que las abriera... Hasta ahora tengo las marcas de las uñas de ellos por la fuerza que hice con los muslos para no abrirlos.”
Furiosos por su resistencia, la arrojaron y golpearon contra las baldosas de un patio interno. “Me arrastraron del pelo a otra habitación, y uno al que le decían el Tío (Carlos Alberto Vega, alias ‘Vergara’) introdujo su mano completa en mi vagina y me levantó en el aire... El dolor, el desgarro fue terrible.” El calvario continuó con “el submarino”: le sumergieron la cabeza en un tacho con agua hedionda. Fue entonces cuando tuvo lo que ella definió como una experiencia de muerte: “De pronto, ahí sumergida, ya no pude más. Comencé a ver montañas azules... Eran las sierras de Córdoba. Hermosas como son de tarde... Me estaba muriendo ahogada”. Y siguió: “¿Saben? Se sentía en paz... Pero cuando recuperé la conciencia estaba de nuevo ahí: boca abajo, en un charco de agua y sangre”.
Las heridas y lesiones que tenía le desencadenaron una infección generalizada. La llevaron de urgencia al Policlínico Policial. “Yo estaba segura de que me iban a matar, había decidido que hicieran lo que quisieran, pero conmigo no se iban a llevar a nadie.” Cuando el fiscal Facundo Trotta le preguntó por el trato recibido en el hospital, Di Rienzo memoró: “El médico se acercó, me revisó... Le dije que me habían violado. Y él me contestó: ‘No, no te violaron porque vos ya no eras virgen’”. Días después dejaron entrar a la madre de Gloria. Al dolor del cuerpo, se sumaron los de los tabúes de entonces. “‘Hija, ¿qué te han hecho?’. ‘Me violaron, mamá’.” Y la súplica: “Por favor, que no se entere tu padre...”.

Hacia el final de su testimonio, Gloria Di Rienzo estalló en una reacción inesperada: “¡Mire, señor juez, hay detalles que nunca, nunca, jamás voy a decir! ¡No los voy a describir porque han avasallado mi dignidad de una manera terrible! ¡Aquí, en esta sala están mis hijos, mi esposo, y no los voy a decir por nada del mundo!”. Mientras el juez, sorprendido, echaba su cuerpo para atrás en su sillón, Gloria se rehízo. “No es un capricho... Hay jurisprudencia internacional que me ampara.” Y la pregunta, la conmoción que quedó flotando en el espíritu –y la golpeada razón– de los presentes en la audiencia: ¿qué más?, ¿qué otros dolores?, ¿qué insoportables vejaciones padeció Gloria, si lo ya relatado alcanzaba cumbres intolerables?”