sábado, 23 de marzo de 2013

Intoxicada de amarillo

Podría decirse que una intoxicación amarilla signó estos días. Amarillo PRO, amarillo papal, el amarillo colgado del obelisco, amarillismo en las maneras de abordar el significado político y el impacto de la designación de Jorge Bergoglio como cabeza de la iglesia católica, uno de los poderes más fuertes del mundo.
Sin lugar a dudas, para quienes desde nuestras convicciones - habemos muchxs que las tenemos y nos enorgullecen tanto como todo lo que nos exigen- insistimos ayer e insistimos hoy con la separación de la Iglesia del Estado para garantizar una democracia plural y donde podamos todxs vivir de acuerdo a nuestras diferencias, sin atropellar con la imposición de dogmas el derecho que asiste a quienes no profesan nuestra fe, el nuevo escenario se complejiza.
Como Cardenal y vocero de la institución religiosa acostumbrada a presionar a lxs legisladorxs, gobernantes y a condicionar y juzgar las políticas públicas, Bergoglio no pudo impedir la aprobación del matrimonio igualitario. La ampliación de derechos para aquellxs que la jerarquía considera anormales o enfermxs no detuvo la fuerza de una sociedad ni la voluntad de lxs representantes que asumen el compromiso de correr todas las barreras que desnivelan. En cuanto a la aplicación de las leyes de salud reproductiva, del funcionamiento de los servicios de salud sexual, la discusión de la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo hasta el tercer mes, la situación es mucho más difícil. Grandes cantidades de católicxs no se oponen a que se sancione lo que, en última instancia, no obliga a quien no quiere, y se pronuncian a favor de que se hagan efectivos los derechos humanos de las mujeres. Son derechos universales, derecho a la salud y a la información, para una madura elección. Estas personas de las que hablo, son personas de fe que distinguen el área personal de las creencias de lo que es público. Si no lo hacen, esas libertades religiosas colisionan, como imposiciones, con lo que para lxs demás ni siquiera existe: la libertad, el derecho a no morir, el derecho a no sufrir violencia institucional, el derecho a no ser víctima constante por ser pobre. Así es que el movimiento ecuménico por los derechos humanos, las comunidades de católicos disidentes – opción por los pobres, curas casados, derechos sexuales- se confunden, sin perder su carácter de religiosxs, con los sectores de la sociedad civil que reclaman y se movilizan para hacer realidad la igualdad en todo lo que se pueda y con todo lo que cuesta.

Hipócritas que no se preocupan por el sufrimiento ajeno, seguirán intoxicándonos de amarillo mientras otrxs trabajarán inspiradxs por el mensaje de amor “por el más pequeño”, genuinamente animadxs por la solidaridad… y cuidándose de tirar la primera piedra por ser conscientes, justamente, de que “hacer carne el Evangelio” no se hace mágicamente, ni de un día para el otro, ni desde un púlpito que condena en vez de comprender.

Muchxs pagaron con su vida el compromiso con ese dar la vida por los demás. Hoy vivimos en la Argentina un momento de búsqueda de verdad y justicia por los delitos de lesa humanidad que nos hicieron tristemente célebres en el mundo que recibía a exiliadxs y refigiadxs. Un mundo que supo, entre las maniobras distractorias de la dictadura, de esas mujeres con pañuelos blancos en la Plaza de Mayo hablando de lxs desaparecidxs, mientras se celebraba un mundial de fútbol. En 1978 ellas salieron en la televisión holandesa rompiendo el cerco informativo. Fue un boomerang para lxs desaparecedorxs de una experiencia de compromiso social que ha renacido, con tanto dolor y tanta lucha.
Muchas sotanas callaron y habrá habido muchos que a su manera dieron una mano para amparar a lxs perseguixs. Lo que sabemos hoy es que quienes se jugaron perdieron la vida o no permanecieron en carrera… Hoy somos ejemplo en el mundo por haber perseverado y logrado que el Estado asumiera, desde la Presidencia de Néstor Kirchner, el juzgamiento de los delitos imprescriptibles, la restitución de la identidad de más de un centenar de personas nacidas en cautiverio clandestino o entregadas ilegalmente a otras familias cuando eran niñxs, la identificación de los restos de NN gracias a la labor del Equipo de Antropología Forense, y una política de señalización de los lugares de detención ilegal. Preservando la memoria y el legado de aquella militancia en la que hubo una gran cantidad de cristianxs, por cierto.

Carlos de Dios Murias, secuestrado y asesinado junto al cura francés Gabriel Longueville en 1976, sería el primer beatificado por el nuevo Papa. Ordenado por el Obispo de la Rioja Enrique Angelelli, se fue a trabajar con el sacerdote francés Gabriel Longueville en El Chamical, para organizar una comunidad franciscana, cuando a Angelelli ya lo perseguían desde dentro y desde fuera por "subversivo" y "comunista". Murias fue secuestrado el 18 de julio de 1976 y dos días después su cadáver fue encontrado en el medio de un campo; le habían arrancado los ojos y le cortado las manos antes de ultimarlo con un disparo, y lo mismo hicieron con Longueville.El laico Wenceslao Pedernera, comprometido con la Iglesia y los más necesitados también apareció muerto brutalmente en Chilecito. Angelelli investigaba estos crímenes y los había condenado públicamente cuando es muerto en un episodio que durante décadas trataron de hacer pasar por accidente.

Si ésta es una nueva etapa de sinceramiento y de renovación para la institución que tantxs fieles tiene en nuestra América del Sur, seguramente se podrán obtener del Vaticano gestos y medidas importantísimas para avanzar en el juzgamiento de genocidas y cómplices civiles. Tenemos muchísimo por saber todavía, porque salvo raras excepciones – hace unos días, por primera vez un protagonista admitió haber participado de los llamados “vuelos de la muerte” ante lxs jueces – los responsables de las atrocidades siguen callando y provocando, poniéndose una escarapela papal para las cámaras.
Se avanza en la medida en que esa justicia deje de ser corporativa. Por eso está en la convocatoria de este 24 de marzo el “Basta de corporación judicial”. Esa justicia que colaboró con militares, que encubrió, que falla a pedido de otras corporaciones al fin está en proceso de democratización interna, lenta pero inexorablemente. En parte, el proceso de movilización política por el cual tantos se espantan ha permitido darnos cuenta de lo que alguna vez sintetizó el Dr. Zaffaroni : “los gobernantes pasan, los jueces quedan”. Que el poder no reside meramente en el Ejecutivo y el Legislativo que elegimos cada cuatro años. Y que hay mucha complicidad con la dictadura y mucho privilegio de casta que desentona, que es cuestionado y repudiado por la ciudadanía, oficialista y opositora, católica y no católica.
Por eso el pedido de Baltasar Garzón es una muestra de lo que puede suceder o no en este nuevo contexto con Francisco como Papa, y que seguramente será tan significativo como la beatificación del Padre Murias, colaborador de otro mártir de la dictadura, el Obispo Angelelli, que dio su vida por no haber callado los crímenes contra sus hermanos.

En un acto de homenaje a inmigrantes que fueron víctimas del terrorismo de Estado,el ex juez de la Audiencia Nacional española – desplazado por las corporaciones que han impedido la investigación de los crímenes del franquismo- sostuvo que ahora el nuevo papa argentino, “puede abrir los archivos del Vaticano para conocer la información de la época de la dictadura” militar (1976-1983) de este país sudamericano “en la que se enviaron mensajes de aquí”, en referencia a la nunciatura apostólica (embajada de la Santa Sede), “hacia allí”. La Iglesia, como Estado, sabía y sabe a partir de informes diplomáticos y por eso revelarlos, “sería una forma de cooperar con las víctimas”.Garzón, que en la década del 90 inició causas contra los violadores de los derechos humanos en Argentina por una lista de 576 víctimas españolas, recordó la correspondencia de las Madres de Plaza de Mayo a Juan Pablo II: “Sería bueno que se hiciera una investigación por iniciativa del papa (Francisco).”
Parafraseando a Violeta Parra, me pregunto: "¿qué dirá en Santo Padre/ que vive en Roma?"