martes, 3 de abril de 2012

Tres escenas

Mientras estoy posteando, me entero de la partida de Eduardo Luis Duhalde, Secretario de DDHH de la Nación y un militante de toda la vida por la memoria, la verdad y la justicia. Para él, siempre presente en todas las causas, querellante por el Estado para lograr la justicia, estas pequeñas palabras militantes. 1982 Gualeguaychú.Catorce años y los recreos del colegio – el querido Colegio Nacional- durante los cuales algunxs chicxs rezaban por los pibes combatientes. El frío de las aulas, los actos con los uniformes presentes inexorablemente, como parte del paisaje habitual. Los noticieros – 60 minutos- de triunfalismo que no me entraban en la cabeza, como tampoco el conflicto. De lo que había aprendido de mi padre y de los libros, pero también de las series yanquis con todo el despliegue bélico y sus imágenes arrolladoras que dominaban las programaciones, algo me decía: no puede ser que “estemos ganando” nada más y nada menos que al imperio. Se resquebrajaba un principio de autoridad, ese que teníamos hacia adultos que nos formaban. Se resquebrajaban como los discursos de la gente de la Iglesia cuando iba a catequesis. Hacía preguntas incómodas, ¿porqué era gravísimo estar separada o divorciada?, ¿porqué no se repartía la riqueza del Vaticano?, ¿porqué nosotras, las chicas, éramos las culpables de la tentación?, ¿porqué teníamos que confesarnos? La guerra parecía una serie pero no lo era. Dinero recolectado para el viaje a Bariloche de los quintos años, se donaban para los soldados, y algunas informaciones no concordaban. No había intenet, pero escuchar otras radios – como años atrás, la cortina de los almuerzos era Radio Colonia, Ariel Delgado y luego, cuando arrancaba “Luis Palau responde”, nos íbamos a la escuela- o recibir cartas de parientes que vivían en el Sur hablaban de comida que no llegaba, mantenían una ansiedad siniestra. Las cosas no eran como parecían, y todo quedó expuesto el 14 de junio, repentinamente. Debo decir, una mínima parte de lo que no se sabía pero de alguna forma se presentía. Pensaba que era demasiado chica, a los 14 años, para comprender cómo era que los grandes se engañaban así, o nos engañábamos todxs? A los dos años, si recuerdo bien, acto en el Colegio. Pusieron el disco con la marcha de Malvinas que me ponía los pelos de punta, no podía cantar eso, no podía llevar adelante esa comedia, entre los rostros circunspectos de profesorxs y una rectora que me recordaba que tenía que “ser digna” de la bandera que, pesada, llevaba cada tanto en estas ceremonias. Pesaba la bandera pero pesaba la representación de lo mismo como si nada hubiese sucedido, como si esa guerra que no explicaron no hubiera sido sino un sueño. De lo que se había sufrido no se podía decir que no se hablaba, pero no se hablaba de cómo, porqué, quiénes se habían equivocado, nada. Faltaban muchas cosas tremendas por saber, y ya no era tan chica, iba asomándome a una juventud que estaría signada por la esperanza en descubrir la democracia, que para mí vino de repente, porque ese paisaje de uniformes verdes y la vida de pueblo de mi infancia y adolescencia, no había tenido nubarrones . Solamente algunos relatos interrumpidos, fragmentarios, acerca de jóvenes que se habían ido a estudiar y de quienes no se sabía dónde estaban. Comentarios en voz baja que apenas presentían el horror que se revelaria con el Nunca Más. En democracia, claro. 1988 La Plata. Cursando una materia en Periodismo, tuve un profesor que era ex combatiente de Malvinas. Había estado con el Regimiento 7, uno de los más arrasados por ese monstruo grande que había pisoteado la inocencia. Su nombre, Carlos Giordano. Nos habló de los padecimientos, del enemigo que no era solamente el enemigo de la guerra convencional -ésa irreal para mi capacidad de comprensión de 14 años- sino los oficiales que los hambreaban, los estaqueaban, que no compartían con ellos el rigor del frío y del combate.
Su relato fue el primero de muchos que confirmaron la desidia de esos hombres de uniforme verde, entrenados para matar compatriotas pero cobardes ante el enemigo profesional. Sé que hubo militares que lucharon con honor, y que no todo fue vergüenza, como la de Astiz rindiéndose sin disparar un tiro.Ya se había abierto el suelo bajo los pies con lo que se supo de las desapariciones, torturas y persecuciones. Con la censura. Con las razones por las cuales había aparecido el fenómeno de la trova rosarina que nos permitió tener un Baglietto, un Fito Páez sin cruces ni banderas y ahora entendía qué quería decir “los dinosaurios van a desaparecer”. Carlos levantaba un telón, desde su dolor personal y el de sus compañeros, desde su humanidad tronchada, expuesta ante nosotrxs, pibes que veníamos de provincias o de países limítrofes como lxs chilenxs a estudiar eso de “comunicar”, una olla maloliente. Malvinas comenzaba a llenarse de algo como la verdad. Su testimonio daba pistas sobre lo que no se podía entender, y que nos asomaba a otra dimensión de la capacidad destructiva de quienes deciden sobre la vida de otrxs, en una guerra sucia o en una guerra improvisada para salvar un proyecto político. Malvinas todavía guardaba muchas, cientos de historias para ser contadas y asimiladas y en esos años ochenta no había mucha disposición a escuchar y asumir la responsabilidad colectiva. Golpistas autodenominados “héroes” intentaban volver a enmudecer su faena sucia y la gente parecía no poder trabajar sobre su capacidad para subirse a consignas triunfalistas, a cortinas de humo, a aventuras suicidas. Fue en esos años donde temía por la continuidad democrática, en los que escuché hablar de un informe secreto que decía la otra historia de la guerra, hecho por militares otros, sin sangre hermana en las manos. 2012 Buenos Aires.Volví, desde hace tiempo, con muchos miles, a usar la bandera y a cantar el himno con una emoción genuina. Resignificada la soberanía, la patria, la pertenencia a un colectivo que puede plantearse un proyecto de país con batallas ideológicas, mediáticas. Y con alegría. Y quitando las mugres de debajo de las alfombras. Con desaciertos y grandes proezas que rendirán frutos a futuro, quizás cuando ya no estemos con vida. El reconocimiento a los veteranos viene de la mano de un gesto que estaba pendiente, que es elaborar ese proceso colectivo, más complejo, más difuso que el de los juicios que finalmente, se hicieron para establecer penas y castigos en los tribunales. América Latina levanta con nosotrxs la causa de Malvinas porque además levantamos la bandera de la integración y de la dignidad con el liderazgo de hombres y mujeres que no desprecian la vida de su gente, que no se doblegan ante un capitalismo rapaz que nos atomizó para mejor dominarnos, que no es la única salida al precio del sufrimiento, la explotación, la trata de mujeres y chicxs, la violación de los más elementales derechos, la depredación de los recursos que tenemos.
Malvinas en boca de presidentxs que se dirigen a las instancias internacionales- a las que a la vez cuestionan por su parcialidad para con los dueños de los vetos y las armas de destrucción masiva-, esgrimiendo el derecho, la diplomacia y lo realizado por los DDHH, es una tarea presente a cumplir, y en la que hay muchas reparaciones que hacer. La Corte Suprema permitirá, seguramente, investigar los crímenes de lesa humanidad contra los chicxs. El informe Rattenbach iluminará la trama vergonzosa de cobardía e improvisaciones que costó la vida de más de seiscientos combatientes y nosotros, elaborando nuestra responsabilidad, dignificando la causa, podremos honrar como lo merecen, a los que después murieron por las secuelas de la guerra pero más quizás, por la indiferencia y el silencio.