miércoles, 7 de marzo de 2012

8 de marzo: unas reflexiones filosóficas sobre los feminismos

¿Cómo hablar en nombre de…? ¿Quién autoriza a hablar y quiénes somos las autorizadas a hablar en nombre de las mujeres? Esta es una pregunta de central importancia para los feminismos y para todxs aquellxs que queremos cuestionar las distintas formas de opresión de la vida colectiva, quienes nos sentimos interpeladxs por la repetición de injusticias genéricas. Por lo pronto, arriesgo mi posición: hablar en nombre de, representar a, es lo que está en crisis desde que reclama una reducción de lo diverso a un corsé, un constructo de caracteres comunes. Por ejemplo, “la mujer”, los derechos de la mujer. Hoy hablamos de “las mujeres” y de “los feminismos”.

Porque en la misma existencia compleja y dinámica de esta práctica, teoría crítica, movimiento social, actitud vital, hemos aprendido que, una vez cerrado en una esencia fija –para poder ser representada- , se excluye. Se recorta en nombre de caracteres comunes la diversidad. Y deja afuera no solamente a lo que hoy puede percibirse como lo que “es” y sacrificamos por una economía conceptual, sino también a aquello que en el futuro aparezca, se configure y reclame con justicia inclusión. Si algo importante ha aportado la posmodernidad ha sido el cuestionar las maneras en que el ejemplo paradigmático sirve para borrar y subordinar lo que explica o representa. El sujeto del contrato social, el universal masculino como representante de la humanidad, es un término que se inserta en un orden binario: verdadero/ falso, ser/ no ser, masculino/femenino, razón/ irracionalidad, etc. Desde la antigüedad, el hombre animal racional /ciudadano /libre, se instituye como el paradigma de la humanidad. Y esto es un recorte, una parte de una diversidad elevada al lugar privilegiado de representación de lo humano, arrasando con la diferencia. Por esto las mujeres, los esclavos, los niñxs, los extranjeros, no eran ciudadanos de la democracia ateniense, considerada a su vez – de manera parcial, por cierto- como el inicio de la civilización occidental.

La dificultad es que nuestro pensamiento es conceptual y de que se trata de siglos de cultura y de normatividades atadas a esta tiranía de la abstracción que solamente reconoce lo mismo: los conceptos son construcciones mentales, imágenes por medio de las cuales comprendemos las experiencias de la interacción con nuestro entorno, por medio de la integración, por semejanza y analogía en categorías que agrupan las experiencias. El contenido conceptual luego se hace independiente de cualquier experiencia concreta y expresa únicamente su universalidad: el concepto adquiere una formalidad para clasificar las cosas y ordenar el mundo.¿Cómo cuestionar toda una matriz que nos estructura para experimentar el mundo, para interactuar, para percibir, para comunicarnos? Menudo problema…

Esto no quiere decir que por esto no se pueda hablar, por ejemplo, desde uno de los tantos feminismos que se proponen prácticas de emancipación. Los feminismos – porque no se trata de algo cerrado ni monolítico- han contribuido a visibilizar y a cuestionar vínculos, instituciones, normas, lenguajes que establecen un orden sensible, un orden que asigna roles y funciones, que configura lo visible y lo no visible, quiénes pueden hablar y quiénes sólo emiten ruido. La acción política de quienes no hemos sido consideradas como sujetxs plenxs, constituyen una manifestación que altera y subvierte este orden, en el cual las identidades genéricas son un pilar básico.

La crítica feminista se mueve. Su crítica al poder como dominio no lo exime de quedar presa de las mismas trampas que quiere eludir y denunciar. Las mujeres que luchamos por expresar nuestras voces, podemos – y es parte de la transformación, del constante aprendizaje-, corremos el riesgo de dejar afuera, de caracterizar injustamente manifestaciones culturales, políticas, expresiones que son rupturas, por aplicar etiquetas. Tratamos de hacernos cargo de esto. La diversidad de las mujeres abrió el “ser mujer”; las maneras de transformar en lo cotidiano las relaciones de poder, nos encuentra frecuentemente reproduciendo entre nosotras las exclusiones que queremos desterrar… Nuestra reflexión, nuestra crítica y nuestra práctica política se da en torno a identidades y desidentificaciones para el logro de nuevas relaciones e inclusiones. Paradojal resulta nuestra condición de mujeres y de feministas. Hemos aprendido en nuestros recorridos cómo los mecanismos de exclusión que combatimos y las ideologías que contribuimos a desarmar y develar en su injusticia nos vuelven a capturar, y las reproducimos.

El gesto filosófico feminista recogió la diferencia: se hizo cargo del “ser mujer” subordinado, negado, invisibilizado, no contado para proceder al análisis de las sociedades y culturas que están genéricamente constituidas. El feminismo es político - no partidario- porque representa una alternativa a la cultura dada. Y encarna la alternativa, además. Al hacerlo, denuncia el dualismo razón/ afectos como separados, porque integra la corporalidad – como lo hicieron los silenciados de la filosofía- y por esto complejiza , abre, lo que se piensa como identidad estática, esencial, del “ser varón” o el “ser mujer” en cada momento histórico. Permite imaginar, proyectar otras formas de vida posibles, para mujeres y varones, fuera de las dicotomías rígidas.

Las feministas aportaron el cuestionamiento de este orden de hegemonía masculina, patriarcal(autoridad ejercida por el varón de la familia), y desde la teoría feminista de este siglo, se acuñó el concepto de patriarcado para señalar la situación de subordinación injusta de las mujeres y los niñxs. Con él se alude a una política sexual – según Kate Millet- ejercida por el colectivo de varones sobre el colectivo de mujeres, y hay que remarcar que en este sentido, entendemos política no meramente como la actividad constitutiva del sistema de representación liberal (lo público), sino que la entendemos ampliamente, abarcando todas las estrategias que mantienen un sistema, considerando las relaciones en lo “privado.” Las relaciones de dominación en lo que se tiende a pensar como “lo personal” – y aquí es que la separación entre los ámbitos privado y público se visualiza como parte de estas estratagemas de dominación patriarcal- obligan entonces a considerar lo afectivo, lo concerniente al cuidado, las maternidad, etc., con una lente que desnaturalice las formas que implican la explotación o la dominación que oprimen a las mujeres bajo las máscaras de una naturaleza predeterminada que no puede alterarse.

Existe una prescripción,variable con la historia y los lugares, pero prescripción al fin para cada persona, que la antecede y que está implicada en la constitución misma de su personalidad – relacional-, que traza un camino. Es decir: varones y mujeres somos producidos para ocupar lugares delineados, lugares centrales o subordinados. Cuando nos hacemos cargo de la otra manera en que nos aproximamos y nos representamos al mundo, - en una lucha de interpretaciones- intentamos transformar aquello que nos oprime. Por esto se ha afirmado que feminizamos lo que desde lo hegemónico se presenta como único para salir del lugar subordinado y proclamar su valía.

También,en otro momento, se impone nuestra propia crítica a lo que consideramos “mujeres”, cuando irrumpen otros géneros, y de pronto advertimos aquello que nuestro propio discurso y autorreferencia, necesarios en un momento, seguían invisibilizando.
¿Cómo podemos evitar desviaciones, etnocentrismos, dejar “afuera” a personas y problemas si apelamos cotidianamente al uso de universales? No podemos, ciertamente, si no advertimos desde qué posición/situación partimos, con el inevitable recorte que asumimos que esto implica. Y entonces, nuestra voz y apreciación, nuestros fundamentos, serán provisionales y fragmentarios. Una vez que asumimos que somos efectos, productos, podemos reflexionar y torcer crítica y creativamente esos poderes antes inadvertidos, para producirnos, para devenir otrxs, haciéndonos cargo de nuestra subjetividad en la medida en que nos es posible, y así contribuir también a convertirnos en un colectivo, sin cerrarnos, sin totalizar nuestra identidad colectiva en formación, usando las máscaras identitarias como estrategias creativas para la transformación de nuestros mundos.

Inspiran estas notas las miles de anónimas que nunca se declararon feministas,las mujeres insugentas de los tiempos de la independencia, las indígenas - las más despreciadas y olvidadas-, la entrañable Eva Perón, - a quien le deben un reconocimiento las feministas por su liderazgo que marcó caminos- , a las obreras que dieron origen con sus demandas y luchas a la conmemoración del 8 de marzo en Conpenhague,a las pacifistas,a las Madres de Plaza de Mayo, a Cristina Kirchner, a las piqueteras, a Susana Trimarco, a mis compañeras, a todas las que se han atrevido a cambiar su vida y la otrxs…