miércoles, 7 de octubre de 2015

Pañuelos blancos en la peregrinación a Luján : la iglesia cómplice y la herencia amorosa de lucha


Héctor Rodriguez recordó  hoy en las redes un aniversario crucial en nuestra historia:


Los pañuelos como símbolo

Ese viernes se llevaría a cabo la tercera Peregrinación a pie a Luján. Ellas decidieron sumarse. Debían aprovechar esa concentración de miles de jóvenes para hacer visible el reclamo por sus hijos desaparecidos. Querían ser vistas. Necesitaban ser vistas, tras un año de dictadura que arrasaba como un maremoto, con su ola de terror. El problema era cómo encontrarse y reconocerse a la distancia, entre esa multitud. Allí surgió la idea: todas usarían un pañal de tela blanca, en sus cabezas, a modo de pañuelo, y como signo identificatorio.

Una vez frente a la Basílica, gritaron desesperadas y pidieron por sus hijos ausentes. Cuando el cardenal Aramburu advirtió la presencia de ellas, ubicadas en las primeras filas con las fotos de sus desaparecidos, el aire se tensó: varios sacerdotes y seminaristas les negaron la comunión.

Aquel 7 de octubre de 1977 fue la primera marcha en que las Madres usaron los hoy emblemáticos e irremplazables pañuelos blancos.

La intervención me llevó a recordar algunas cosas y a pensar una vez más, en la potencia del gesto resistente y demoledor del terror, de aquella estrategia de aparición en la procesión con el pañal/pañuelo, el símbolo por excelencia de una lucha que sigue y seguirá alumbrando tantas otras.

En el libro "La Rebelión de las Madres" Tomo I (1976-1983)  de Ulises Gorini, se cuenta que, la multitud sorprendida, se preguntaba qué hacían esas mujeres allí. Dice Hebe de Bonafini: "nos preguntaban de qué parroquia éramos y nosotras simplemente contábamos la verdad, Ahí enmudecían y se alejaban, parece que dábamos miedo" . Una multitud reaccionaba con desaprobación ante ellas. "Ëramos un grupo que se distinguía claramente del resto" recuerda Nora Cortiñas, y sin duda alguna la mirada entre atónita y censora evidenciaba que un silencio cómplice comenzaba a romperse. Llegado el momento de la misa, cuando se le niega la comunión a la primera de las Madres ante su plegaria "Por la aparición de mi hijo desaparecido" no sorprende desde nuestra mirada retrospectiva, la actitud del sacerdote como tampoco la tensión cómplice de Aramburu.

La jerarquía eclesiástica fue un participante activo y responsable del terrorismo de Estado que se propuso exterminar al enemigo del orden "occidental y cristiano" amenazado. Bendijo las torturas y no solo absolvió sino que justificó el ejercicio de la torturas y la sustracción de niñxs de las embarazadas en cautiverio o madres detenidas con sus hijxs porque una mujer militante era una monstruosidad intolerable. Calló el destino de las personas desaparecidas, extrajo información- el caso emblemático, Monseñor Graselli - para seguir capturando y extorsionando a compañeras/os y a familiares.

Antes de institucionalizarse con el golpe del 24 de marzo, la iglesia católica argentina había predicado la "purificación"  del cuerpo social enfermo: Monseñor Bonamin recorrió con el Ejército el monte tucumano durante el llamado Operativo Independencia, y luego lo harían otros por  cuarteles, destacamentos, bases -¿ hasta centros clandestinos de detención y exterminio?-, agua bendita en mano.

La autoridad eclesiástica no ha pedido aún perdón por su complicidad con los crímenes de lesa humanidad y poco se sabe de la desclasificación de documentos prometida por el Vaticano por Bergoglio, hoy Francisco, que ha llegado a pedir perdón por los crímenes de la conquista y exterminio española, justificadas como "guerra justa" en el siglo XV. 
Vale la pena volver sobre el debate de Bartolomé de las Casas y GInés de Sepúlveda, magistralmente analizado por Enrique Dussel... 

El imprescindible texto de Emilio Mignone "Iglesia y Dictadura. El papel de la iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen militar" (1986) da cuenta de un documento reservado, el "Pro- Memoria" de 26 de noviembre de 1977, en el cual  la Conferencia Episcopal Argentina se dirigía a la "honorable Junta Militar"  entregado en un almuerzo con Videla por Primatesta, Zaspe y Aramburu.

El texto, advertía Mignone, no estaba completo, se habían suprimido algunos párrafos que confiaba, se desclasificarían alguna vez. En ese escrito la iglesia argentina se decidía a ensayar un gesto, a decir algo acerca de las desapariciones dada la presión de los familiares que acudían a ella en busca de gestiones e información, y por la inocultable - 1977- magnitud del fenómeno. 

"Saben, pero no lo dicen, que la dictadura militar es responsable, sin atenuantes, del cuadro que describen" observa Mignone respecto de las carillas a las que tuvo acceso. 

En una parte del documento, los prelados expresaban " existe una especie de convicción subyacente en amplios estratos de la población, de que el ejercicio del poder es arbitrario, de que se carece de adecuada posibilidad de defensa, de que el ciudadano se encuentra sin recursos frente a una autoridad de tipo policial, omnipotente" (Mignone, P.59)

Más adelante y en tono condescendiente, decían: "Sabemos los obispos que este aspecto de la situación está originado por la amplia gama de la subversión que llegó a amenazar la vida misma de la Nación....comprendemos muy claramente que las excepcionales circunstancias por las que ha atravesado el país exigían una autoridad firme y un ejército severo,,,sabemos que la hondura del intento de recurrir a la violencia para imponer cambio" (Mignone p.59)

La respuesta de Videla a la CEA tardó cinco meses y fue escueta y falsa.

El documento "Pro- Memoria" será la única mención de ese tono que alguna vez ensayará la autoridad eclesiástica sorbe el tema, que no volverá a tocarse. En lo sucesivo, la Iglesia hablará solamente de la "reconciliación", eufemismo para aludir al perdón para los militares.