miércoles, 12 de noviembre de 2014

El insoportble peso de "la familia"

Puede pensarse en que exusten “familias” o que existe “la familia”. Si se asume el arquetipo, éste no cambia. Es único, eterno, inmutable, El único deseable. En esa “familia” los lugares están claramente jerarquizados. Aristóteles planteaba que en el oikos o la casa, la autoridad era ejercida por un Amo que impone la autoridad al resto de los miembros de la misma : patriarcado. Dada la superioridad del macho sobre la hembra, su capacidad especial para el mando, el dominio es sancionado como natural. El padre y esposo, es aquel que conoce el bien común y entonces es quien ejerce la autoridad para beneficio de todos en una articulación amo/esclavo: sobre la mujer, los niños y los esclavos propiamente dichos. Cada uno en su lugar y cumpliendo una función determinada.
Esa es la soicedad antigua, lejana en el tiempo. Pero con la modernidad se conservó el tema de la familia como “la más antigua y la única natural” de las sociedades, en palabras de Rousseau. Peor aún, la historia de la libertad y la igualdad ha sido un manto encubridor más eficz de las relaciones de dominio en lo privado que se encargó de separar y mantener en las sombras y el silencio, el ideario del contrato social.
Plantear la naturalidad de los vínculos jerárquicos en el seno de lo privado permite mantener inalterable una historia de dominación que se naturaliza - y así se justifica, por que si no es invención ni convención, "debe ser así"-, y se reproduce desde la educación, los valores, la ideología. Contemporáneamente la publicidad sigue haciendo del tema de la familia uno de los pivotes donde construye una y otra vez al sujeto consumidor, con marcadas características estereotipadas y diferenciales. Ellos y ellas.
Quise plantear estas cuestiones alrededor de dos noticias que remiten, a su vez a muchas otras.

Asuntos privados o violencia de género

Julieta Pzellinsky, titular del Programa sobre Políticas de Género del Ministerio Público Fiscal – creado por la Procuradora Gral.Alejandra Gils Carbó- ha sido denunciada por espionaje. El ataque proviene del fiscal Augusto Troncoso a quien se le inició un sumario administrativo por mal desempeño en casos de violencia de género. Por no investigarlos.
Para el funcionario denunciador de la Fiscal Pzellinsky, la naturalización de la violencia lo excede de cualquier cuestionamiento e intromisión desde una perspectiva de derechos de quienes son naturalmente, objetos y no sujetos. Alega que lo que recientemente se ha podido denominar violencia de género es “una problemática de familia, en la que no tiene que intervenir el fuero penal”. POr eso no importa que haya delitos de por medio.
Los defensores de la “familia”, cuyos asuntos, privados, no deben tratarse en ámbitos estatales, no pueden compartir siquiera la terminología: “violencia de género” ya marca un abismo. De un lado, se jsutifica la sobordinación y el dominio, la jerarquía diferencial de las personas de acuerdo al lugar que ocupan por su diferencia sexual. Del otro, se desnaturaliza esta jerarquía para discutir que las diferencias anatómicas, físicas, de orientación sexual, en la edad o el estadío de desarrollo, justifiquen una pérdida de dignidad o derechos. Brevemente, hablar de violencia de género es ya cuestionar el ejercicio de una dominación que se justifica desde creencias religiosas o culturales de toda índole y que si permanecen despolitizadas, se mantienen como tales, habilitando todo tipo de injusticias, abusos y sufrimientos.
Desde esas posturas no se puede ni siquiera hablar de la violencia de género. No la hay porque en nombre de la “familia”, desde el arquetipo único, solo se conciben vínculos jerárquicos de dominio, no puede considerar que las víctimas de las acciones del dominador tengan derechos. No están en pie de igualdad con el amo, con la autoridad del único capaz de ejercer el mando. Por eso hay en quienes defienden esta perspectiva conservadora - una idea cristalizada que se impone- una coherencia en la violación de tratados internacionales de derechos humanos como lo son la Convención interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la Mujer, y la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la Mujer. ¿Porqué? porque en esa única posibilidad de familia, la mujer es ante todo una propiedad, un objeto, un instrumento del amo, pero también un instrumento de la reproducción de la ilusión de naturalidad y necesidad de una forma de organización humana. Especial, por supuesto, pero una forma posible entre otras.
Por eso se impide la consideración de niñxs como sujetos de derecho; se les niega la voz, se niega su sexualidad. Por eso, el derecho a la educación sexual integral es un atentado a la moral. El estado no debe intervenir ni la escuela, en ese reino privado donde no hay lugar ni para la democracia ni para los derechos.
No importa para este fundamentalismo que existan leyes que obligan y consagran derechos de todxs como iguales.
Por eso hay coherencia en la persecución de toda manera de vivir los vínculos afectivos de manera disidente al de la “familia occidental y cristiana” heterosexual, de varón- mujer y donde hay una única autoridad, la del padre. Los y las demás son degeneraciones, desviaciones de lo “natural”, y por lo tanto, amenazas que deben ser exorcizadas.

Lxs abusos intrafamiliares : no alcanza con las palabras y las quejas

Las estadísticas del Programa Las Víctimas Contra las Violencias, programa creado y coordinado por la Lic. Eva Giberti dependiente del Ministerio de Justicia de Derehcos Humanos de la Nación, arrojan un resultado que conmociona: el 80 por ciento de lso abusos sexuales contra niños y niñas denunciados en la Ciudad de Buenos Aires es intrafamiliar.
El análisis y los datos publicadxs en Página/12, remiten a lxs víctimas quizás más desprotegidas de la sociedad.Lxs niñxs.
El Equipo especializado del Programa recibe en la ciudad de Buenos Aires cinco denuncias diarias por abuso sexual contra niños y niñas. De las cinco, tres no prosperan al negarse quienes denuncian a instar causa penal y así autorizar la investigación y seguimiento judicial del caso. El abusador no es jamás citado en la justicia.
El temor a afectar la vincularidad de la familia puede más que la consideración de las más desprotegidas de las víctimas.
Dice Giberti claramente: “Abusan y violan los padres, los abuelos, los tíos, los hermanos mayores y los compañeros de la madre que a veces cumplen función paterna.”
Los datos remiten a niños y niñas de la ciudad de Buenos Aires cuyos familiares han recurrido a las comisarías para denunciar el abuso. “A veces una madre, una tía o una vecina. Llegan con la víctima de la mano, en oportunidades solamente piden la intervención policial. La policía inmediatamente se comunica con el Equipo que se ocupa de Delitos contra la Integridad Sexual y depende del Programa las Víctimas contra las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, porque tiene un Orden del Día, desde el año 2006”.
La policía tiene obligación de convocar al equipo que cuando llega, dialoga con el niño o la niña, además de escuchar al adulto. Así, éste automáticamente se convierte en el testigo que habrá de reproducir su diálogo con el niño o la niña en calidad testimonial ante el juez porque es la primera persona técnica que toma contacto con la víctima. El juez atiende este testimonio, sin el cual no hay investigación judicial posible.Así sucede cuando se puede investigar, tal como recomienda la protección de niños y niñas descripta en los documentos internacionales. "La protección es un hecho", sostiene Giberti, "no alcanza con las palabras y las quejas agrupadas, voluminosas y reiteradas".
De cinco denuncias diarias por abuso sexual contra niños y niñas que se reciben, tres adultos, después de denunciar, se niegan a instar la causa penal. Se niegan a autorizar la investigación, es decir, el seguimiento del caso en el ámbito del derecho.
La denuncia se cae porque el abusador no será citado por la Justicia.


Giberti dice que se espera “cumplir con el deber” de denunciar. “Pero que al abusador lo citen en Tribunales, que aparezca quizás un defensor de niños, que se pruebe el abuso y/o la violación y que el sujeto sea detenido... ¡Ah, no! Para tanto no”… Porque podría ser el padre del niño o de la niña, entonces la familia arriesga destruir la vincularidad, y como sabemos la familia debe estar protegida. ¿Y la protección de niños y niñas...? “Sí, bueno, pero no vamos a dejar al chico sin padre... Al fin y al cabo, los chicos se olvidan de esos episodios....”
La pregunta que hace Giberti merece atención: "¿Una niña se olvida que durante años su padre o su abuelo la manoseaban permanentemente y la obligaban a mantener el secreto para que la familia no se enterara?"


Como terapeuta Giberti puede desmentir este mito rotundamente. Sigue encontrándose con personas que a los cuarenta años o más "relatan angustiados aquello que les sucedió durante su niñez y no pudieron mencionar, por temor, por vergüenza. Las consecuencias de estos hechos y de la imposibilidad de revelarlos acompaña durante toda la vida a las víctimas, “estropeándoles sus vínculos sexuales y sus experiencias vitales enhebradas permanentemente con ese recuerdo.”
Describe también otras situaciones de quienes “olvidan” hasta que un estímulo inesperado devuelve la experiencia. O la de aquellos que "se sobreadaptan" y se mantienen apegados al abusador porque sienten que nadie les creerá. Seres humanos “entrenados en el sometimiento”.La distribución desigual de poder es de poder decir y ser creído. He aquí la vulberabilidad que no terminamos de visibilizar y caracterizar y que mantiene la posición del único autorizado a todo. “No creerles a los niños y niñas es acumular goces en el océano de perversiones con las que el abusador se satisface.”sostiene Giberti.

Comencé hablando del patriarcado...¡Lo más delicado!La problemática descripta por Giberti precisamente toca el nudo naturalizado de las relaciones de dominación familiares. Por eso al rozar la posibilizdad de cuestionar el lugar del "padre" es tan difícil avanzar con la denuncia.
Sigo sobre las palabras de Giberti que interpelan el imaginario social: el abuso de niños y niñas es una catástrofe para la familia.
El abuso es una catástrofe para quienes no pueden defenderse, porque el poder está en manos de los adultos: lxs familiares, pero también los funcionarios judiciales que la niegan.
La víctima tiene derechos.
Porque que tiene derechos, hay leyes y programas.

Recuerdo una frase muy potente que viene justamente al caso: un derecho no es algo que alguien te da, es algo que nadie te puede quitar.
Las estadísticas como la que el Programa y el Equipo especializado ne Delitos contra la Integridad Sexual elaboran y publican están a disposición de todxs nosotrxs y existen porque las politicas estatales cumplen con la obligación de garantizar que el derecho a la integridad sexual seas niño o mujer o varón, adulto o en crecimiento, no sea vulnerado.
La acción, la transformación de esta realidad depende de la sociedad. De los adultos que dejen de lado, como dice Giberti, la “desidia moral o conveniencia económica”, para avanzar en la denuncia. Si no lo hacemos somos responsables de obligar a las víctimas, a aquellos seres humanos en desarrollo pero portadores de derechos, a continuar conviviendo con el abusador.
Si no desnaturalizamos esa construcción "la familia", en algún punto seremos responsables de perpetuar la historia naturalizada de violencias bajo el paraguas de las relaciones incuestionables articuladas en nombre de una institución humana que tiene historia, que puede transformarse en otros términos, y de hecho, se transforma.