miércoles, 10 de abril de 2013

Marina y Ailén

Muchas veces, la atención que se presta al género no es explícita, pero no deja de ser un componente crucial de la organización de la igualdad o la desigualdad.(Joan W. Scott)

Las estructuras jerárquicas en todos los ámbitos se apoyan en comprensiones generalizadas de las llamadas relaciones naturales entre hombres y mujeres. La versión no creída, no escuchada, de Marina y de Ailén Jara inició el suplicio de dos años de vejaciones, cárcel injusta, atropellos dentro del penal, a partir de que su testimonio, el relato de la legítima defensa, no fue creído. Y el ataque violento del sujeto que sostenía desde tiempo antes el acoso, y que venía sufriendo la chica, fue evaporado. Así, la víctima fue de pronto victimaria. No se percibió, no se dio crédito a la palabra de las hermanas que se defendieron en ese instante de la violencia de un violador armado. No se ven las agresiones como tales en muchas otras oportunidades en que se permiten los golpes o los abusos. No se les creyó a cientos de mujeres las violaciones que se atrevieron a denunciar ante las instituciones policiales y judiciales. No se percibe como abuso de poder la conducta de varones que festejan lenguajes humillantes de la dignidad de las mujeres, que la reducen a un pedazo de carne del que pueden hacer uso cuando les venga bien, que cosifican a un ser humano tan digno de respeto como cualquier otro.
Por eso el género es crucial para ver, para escuchar, para volver significativo lo que puede ser una costumbre naturalizada y que no nos sorprende, ni nos despierta reacción. Adoptar otra mirada, indignarse y actuar para no permitir conductas, prácticas y violencias que no son nuevas pero que se vuelven intolerables, es ir desmontando algunas de las injusticias con las que tenemos que vivir todos los días. Injusticias heredadas y que si no se perciben como tales, subsisten, se perpetúan.
Ver como condenables los excesos y las violencias de género es un pilar de una convivencia democrática.
Y en particular, la que llamamos democratización de la justicia no puede ser real sin que la perspectiva de género impregne todos los estamentos. Sin que la sensibilidad, la empatía, la escucha hacia quienes hasta ahora ocupan los lugares subalternos, - inaudibles y por lo tanto desechables- transformen ese orden llevando a la igualdad en lo que tiene que ver con las posibilidades que el derecho y los mecanismos estatales brindan a las personas.
Marina y Ailén han constituido un caso ejemplar de la cadena de derechos vulnerados y violencias repetidas hacia las mujeres pobres. El tiempo transcurrido en el encierro donde además fueron tratadas con una saña particular, fue despertando conciencias y movilizando a mucha gente acerca de la violencia institucional perpetrada desde los estrados y los sistemas de encierro. Sus nombres impulsaron e impulsan con más fuerza y más agudeza la mirada crítica al poder judicial sexista y abusador que está al fin en foco, en discusión, en el banquillo.
Las hermanas Jara están ahora libres y apelarán el fallo condenatorio, fallo al cual se arribó desde el primer paso del abuso institucional. Su expresión de gratitud para con quienes las acompañaron e hicieron conocer su historia, y brindaron el apoyo demuestra la fortaleza de la resistencia de la que son capaces y del maravilloso poder de reconvertir el dolor sufrido en cooperación y lucha con las otras y los otros. Algo así como el poder de trocar el sufrimiento en lucha con quienes, desde otra idea de justicia intentan a cada paso, limar los barrotes invisibles de la desigualdad social , de los prejuicios y las estigmatizaciones.