viernes, 23 de noviembre de 2012

Vuelos de la muerte en el delta entrerriano

El lugar perfecto es un libro oportuno” se dijo en el panel que presentó el pasado miércoles 21 de noviembre, en la Biblioteca Nacional, la obra del periodista Fabián Magnotta que refleja diez años de investigación y ante todo, un compromiso.
Editado por Ediciones Cinco, “El lugar perfecto. Dictadura: vuelos de la muerte y desaparecidos en el delta entrerriano (1976-1980)" es un libro necesario y que conmueve. En lo personal, me conmueve por historia, porque nací en Gualeguaychú y crecí en ese tiempo de silencio de la dictadura; y también por ser periodista y reivindicar un papel central de la profesión en la construcción de la democracia y del respeto por los derechos humanos. Y porque es bravo hacerlo en ciertos contextos en los que ahora se remueven complicidades civiles y demasiadas verdades han sido desaparecidas durante décadas.

Desde las declaraciones del represor de la ESMA Alfredo Scilingo en 1995 a Horacio Verbitsky, contenidas en el libro “El Vuelo”, o los dichos de Emir Hess o Julio Poch –éste se vanaglorió treinta años de su faena represiva pero negó todo al ser extraditado de Holanda - se sabe que la metodología de arrojar a personas detenidas ilegalmente vivas y anestesiadas al Río de la Plata era la forma siniestra de hacer desaparecer los cuerpos de lxs desaparecidxs.
Y de prolongar los efectos del terror instalado desde 1976.

“algunos morirán con la garganta del delta ahogada de silencio, por miedo a que los brazos de los asesinos se extiendan por décadas. Por pánico a que diluvien nuevos reproches frente a viejas acciones…”

Roberto Bugallo, que prologó el libro, remarcó: “si no hay cuerpos, no hay muerto”. Que aún necesitamos saber el destino final de las víctimas de la represión ante el silencio de los que están siendo juzgados. Que si pensamos en la cantidad de personas que no volvieron más, - según testimonios presentados ante la CONADEP, entre 1976 y 1979 más de 50 personas por día eran asesinadas por las fuerzas represivas -, no se hallaron hornos crematorios ni gigantescas fosas comunes… El testimonio de Scilingo aportó el indicio clave de lo que se planeó desde el poder desaparecedor para no tener que afrontar reclamos y alimentar las versiones falsas sobre “los terroristas”, que decían los asesinos y sus voceros que “habían huido al exterior”…

El delta entrerriano se utilizó como zona privilegiada para arrojar cuerpos en los ríos Paraná Bravo, Gutiérrez, Sauce, Brazo Chico, Ceibo, Uruguay, así como en los montes impenetrables y en los anegadizos, a 15 o 20 minutos de los principales centros clandestinos de detención de la ciudad de Buenos Aires o Campo de Mayo, un lugar que Massera conocía perfectamente.

Magnotta, Bugallo y Diego Martínez compartieron el panel con el testigo Carlos Ferreyra, quien dijo: “el habitante de ese lugar es silencioso”. “No habla”. Por eso además, a pesar de que esos habitantes, aislados, acostumbrados al rigor de la vida de la isla, vieron helicópteros, vieron “bultos” cayendo de las aeronaves, y se toparon reiteradas veces con cadáveres enganchados en las ramas junto al río… ante las preguntas a las autoridades del lugar, la policía o la prefectura, la respuesta: “cerrá la boca que te va a pasar lo mismo” inducía al silencio o al olvido.

Magnotta se topó con testimonios y los fue a buscar en una tarea perseverante que su colega Martínez destacó como uno de esos ejemplos del periodismo que aportan a la democracia. Que con su ejercicio, puede impulsar una tarea más grande para minar la impunidad de responsables, desafiando esa “omertá” que nos priva a todxs de saber qué pasó con las víctimas. Que puede aliviar el dolor de familiares y amigxs identificando los restos inhumados de forma irregular los cementerios como el de Villa Paranacito. Las causas judiciales por los delitos de lesa humanidad cometidos por los represores, que en estos últimos años y gracias a la decisión política histórica de Néstor Kirchner, están avanzando. Y las líneas de investigación que se abren son múltiples. En el delta se vieron los aviones y además, los helicópteros. Se vieron los cuerpos caer. Se inhumaron en secreto... A pesar de las resistencias y artimañas de los cómplices, de impresentables colaboradores del Poder Judicial afines a la dictadura, de los efectos de la represión que enmudece, la perfidia de quienes multiplican el discurso canalla “estamos hartos de hablar de los setenta”.
Porque hubo testigos hay muchos testimonios. Como los que recoge en sus 250 páginas el libro… Un conductor de la lancha escuela, decía a lxs chicxs, “no miren” ante los aviones o los cuerpos atrapados por las ramas. Y los adultos no decían nada. Tampoco en la escuela se decía nada. Nadie decía nada. Pero, así como los cuerpos arrojados al río de la Plata reaparecían en las costas uruguayas o argentinas, en el delta vieron los bultos que caían golpeando el agua o el techo de una casa. Escenas terroríficas que eran más frecuentes en la época del mundial 78. Bultos que eran cuerpos destrozados, que presentaban las señales de la tortura, atados de pies y manos. Personas metidas en tachos de gasoil a quienes dieron “cristiana sepultura” lxs isleños, en estricto silencio.

Una de esas escenas, presenciadas por una niña y confesadas a un noviecito que era de la policía, serían reproducidas ante un juez en el año 2003. El hombre “no podía guardárselo” y lo contó. Pero aquella niña, ya mujer y casada con un miembro de la Prefectura, lo negaría ante al magistrado. En el año 2010, ese mismo juez vuelve a escuchar el relato en boca de otra persona, en una indagatoria por otro caso. Y la investigación, la búsqueda de otros testimonios que probasen la hipótesis cada vez más fuerte de que el delta fue elegido por la dictadura para deshacerse de los cuerpos de detenidxs desaparecidxs, comenzó.

Elena le dio el nombre al libro cuando le dijo a Magnotta “era el lugar perfecto porque nosotros no comentábamos a nadie, por un montón de razones.”
Los relatos que reunió el periodista, son similares a los de personas que en la costa atlántica o en Uruguay, encontraron cuerpos flotando en las costas y supieron de inhumaciones ilegales. Para la misma época, en el delta, además, se vieron aviones, helicópteros, y la espeluznante caída de “bultos” que se sabía, eran personas, en su mayoría jóvenes entre 20 y 30 años, atadas de pies y manos. Mientras se inauguraba el Puente Zárate- Brazo Largo en diciembre de 1977, mientras se jugaba el Mundial y se registraba un exótico “censo” intimidatorio entre los pobladores de Villa Paranacito y las islas, se convivía con el exterminio de todo lo que fuera considerado “peligroso”. Se inoculaba el aislamiento, el temor, la sospecha, y ese silencio impuesto se fue mezclando en muchos casos, con esa sensación de complicidad con lo injustificable. Pavorosa y estudiada tarea que seguirá siendo exitosa mientras no sepamos, no juzguemos y no hablemos para que no vuelva a ocurrir jamás. Proseguir en la investigación se convirtió en un compromiso personal y profesional para Magnotta, quien retomó sus notas y se hizo cargo: “yo no era dueño de guardarme eso”.

Como dice Pilar Calveiro, “No se puede olvidar que la sociedad fue la principal destinataria del mensaje.”Por eso la rutinización de las desapariciones hasta ser incorporadas a lo cotidiano, por eso ante un secuestro a plena luz del día muchxs se preguntaban “¿en qué andarían?” y por eso, la sociedad sabía. Quienes estaban en los campos y sobrevivieron escucharon frases como “Vas a dormir en el fondo del mar”, “Acá al que se haga el loco, le ponemos un Pentonaval y se va para arriba”. (“Poder y Desaparición. Los campos de concentración en la Argentina”, Ed. Colihue, 2004, p.30)

Son necesarios testigos con nombre, testigos capaces de vencer el miedo, testigos que presten declaración en un juzgado, que sean acompañadxs además, por nuestro compromiso, el de la ciudadanía. Porque hay varios “invictos” en cuanto a causas judiciales. Se está trabajando en presentaciones ante el Juzgado Federal de Concepción del Uruguay y en relación a la Causa Harguindeguy. Falta mucho más.

Jorge Temporetti, de Villa Paranacito, quien acompañó en su búsqueda al periodista, contó que “hubo que trabajar mucho con los testigos” debido a esa sensación tremenda de miedo/complicidad con la prefectura. La fuerza de seguridad con la que se convive, con la que se comparte tanto, donde revisten aún hijos y allegados. Esos lazos condicionan a hablar de lo ocurrido en los años de plomo. Pero hoy, en este contexto, ese sentimiento puede ser transformado en el sentimiento de ser víctimas de una tragedia colectiva.

Para ello, sin dudas, es necesario enfrentar la verdad y buscarla, elaborar entre todxs ese pasado reciente que guarda demasiados secretos en el hermoso delta entrerriano.

“El lugar perfecto” es un libro que cuenta una parte de una historia por contar todavía. Como dice Fabián Magnotta, “el resultado de la lucha entre los valiosos y valientes testimonios y quienes, dos o tres décadas después, permanecerían sin contar nada.” Aquí se cuenta el esfuerzo por unir y escuchar las voces...y también los silencios.