lunes, 1 de junio de 2015

NI una Menos o la diferencia entre vivir y sobrevivir a la discriminación de género

La violencia de género va de la mano de la discriminación de género.
El cachetazo o el insulto no surgen aisladamente de un momento de exaltación. Descansa en una certeza, la del poder humillar y herir a otro ser humano que no se considera igual.
Esta violencia se aprende, se mama, se ejercita, despacito y sigilosamente. Nunca se la reconoce como lo que es, se disfraza de otra cosa.
Desde una infancia de juegos para ellos y para ellas, desde los ejemplos del mundo adulto, la propaganda y el chiste más gracioso. Modos imperceptibles que atravesando cambios de época, parecen reconfiguar una y otra vez lo mismo con nuevos ropajes.
El mito de la masculinidad que se la banca, que no llora, que no expresa las emociones y que debe demostrar su valía a puñetazos.
El mito de una femineidad dócil, agradable, modosita y obediente, cultivada para el maternaje y el hogar o para ser capaz de desdoblarse en un mundo laboral donde se gana menos que ellos, se está expuesta a los acosos y a tener que disculparse por quedar embarazadas o faltar por un hijo o hija enfermas sin considerar trabajo a lo que le espera al volver a casa.
Femineidad para la abnegación: desde el viejo pobre mi madre querida cuántos disgustos le he dado hasta el contemporáneo lidiar con el malestar que genera si se gana más dinero que él, con las suspicacias de la pareja por los compañeros de trabajo y el problema de justificar el tiempo compartido con amigas si se las puede tener o con una tarea que no sea para los demás. Pensar en la ropa que se lleva puesta, si es conveniente. Estar en el piquete y cocinando en la olla popular y tratar de intervenir en la mesa donde se decide algo, mientras tanto. Nunca sentada, nunca descansando, hiperproductiva y subvalorada en su producción y creación. Llevar en la mochila mandatos y deseos contradictorios que nos doblan la espalda, con la culpa siempre al acecho.
Quienes en medio de todo esto, vamos aprendiendo sobre la marcha como lo hicieron tantas atrevidas insurgentes, los desafíos y tropiezos no son pocos.
Está siempre allí la nula empatía de otras mujeres también moldeadas para agradar y competir por los hombres; o que compiten como los hombres por los lugares de reconocimiento.
Y también la doble vara de muchas mujeres que representan en teoría demandas de las mujeres pero no las escuchan. Como si las plumas de vedette colocadas por la visibilidad pública les taparan los oídos.
Porque es otro mito el que las mujeres por ser mujeres y oprimidas somos naturalmente solidarias. No funcionaría tan bien y tan aceitado el engranaje que nos victimiza si así lo fuera.
La violencia es cotidiana. Es la de no ser escuchadas, la de no ser dueñas de decidir sobre nuestras decisiones de vida y nuestros cuerpos. Presionadas para ser objetos de consumo y goce estético de otros, para demostrar con un injusto cúmulo de requisitos que somos capaces de manejar el auto o una economía más importante que la de la casa, se nos pasa factura si somos poco comprensivas de estas lógicas.
¡Ay de nosotras feministas!..de quienes se dice también desde ese odio discriminador, que nos falta un hombre capaz de domarnos, que nos guía el resentimiento, que dejamos de lado lo más importante para salir a la calle con una pancarta o vamos a la facultad o a un taller o dedicamos el tiempo a pensar con otras mujeres cómo apoyarnos no para seguir aguantando sino para vivir y dejar de aguantar.
Y que además sabemos que cuando decimos "mujeres" no hacemos justicia a las rersonas vicitmizadas en el lugar de las mujeres por esa imposición binaria y heterosexual que también es violencia encubridora. Y entonces mujeres es un nombre provisorio e insuficiente y al mismo tiempo necesario para luchar colectivamente, porque el odio sexista es odio a toda diversidad.
Las mujeres somos en cierta medida sobrevivientes de violencia aunque no nos hayan pegado con el dorso o la palma de la mano. Somos sobrevivientes de un mundo violento para con nosotras. Estructurado así. Porque esa larga cadena de discriminaciones, humillaciones, de imposiciones y reglas injsutas de juego se nos aplica a todas, en mayor o menor medida, por el hecho de ser mujeres en una sociedad discriminatoria y en una cultura rebosante de expresiones de violencia. No importa si algunas han tenido algunas ventajas mientras otras mujeres han crecido sin haber sentido jamás que eran consideradas seres humanos con derechos. No importa si nunca han podido identificar las trampas de los celos por amor como lo que son, jaulas invisibles.
Todo lo que ata es asesino, dijo el poeta Miguel Abuelo...pero las ataduras más resistentes son las que no se notan.
Sobrevivimos a eso que comienza despacio y por todas partes. La cultura que tolera la violencia la disfraza. Si a veces es señalada, lo es parcialmente y la exhibe obscena en la pantalla del televisor para el consumo morboso que no invita a pensar, sino que paraliza las preguntas que deberían hacerse. ¿Cómo llegamos a esto? se dice...
¿Llegamos? ¿No tenemos millones de anónimas muertas, martirizadas, olvidadas, silenciadas, difamadas y satanizadas detrás nuestro?
La violencia de género es el control que excede a una víctima puntual, porque afirma la ficticia supremacía masculina y endereza los andariveles para que no haya desvíos ni variaciones en el camino vital dispuesto para nosotras. Orden al que no consentimos porque nadie nos pide opinión, es el deber ser o lo que siempre se ha sido. Y ojo con animarse a otra cosa.
La violencia del control de la sexualidad de las mujerss es el nudo más apretado de deshacer y por eso resiste en medio de las normas más progresistas que hemos logrado conseguir como políticas de estado que responden a una militancia incansable y polifónica.
NI UNA MENOS es una expresión de esa diversidad que persiste en señalar el camino minado de las discriminaciones diarias, esa ruta que conduce a las violencias más extremas. Los nombres de tantas que han sido muertas evoca por eso el de las otras miles que tuvieron un nombre, una historia, y no lo sabemos porque es el efecto de una violencia sexista sostenida por la cultura, las leyes y la indiferencia social por los siglos de los siglos amén.
El secreto mejor guardado es que no es inexorable. El secreto que pugna por permanecer oculto es que el feminicida no es solamente el ejecutor aislado de un crimen. El secreto es que el violador no es solo - si lo es- un psicópata, monstruo social aislado, diagnosticado por cientistas que recortan la patología ayudando a la perpetuación del mito: violencia exagerada que no respondería entonces a otras pequeñas y que la preparan cuidadosamente.
El secreto que se resquebraja para transformarse en grito y canción, consigna y voz popular es que de estas cadenas de discriminación nos podemos ir liberando a cada paso, cada una y también cada uno. Luchando en todos los frentes y con todas las estrategias a la mano, una condena penal sin ambigüedades al feminicida será superada por la condena social más potente, educaremos a los niños a no ser violadores ni asesinos antes de enseñar a las niñas a sentirse disminuidas para defenderse porque no tendrán que estar acostumbradas a vivir defendiéndose. Unxs y otros desmalezando el camino de amenazas veladas y sobreentendidas podremos así dejar de matar y de sobrevivir para vivir como personas, que a eso, a vivir sin violencias tenemos derecho.

NI UNA MENOS
3 de Junio
En el Congreso y en todo el país