viernes, 16 de agosto de 2013

¿Iguales?

Las mujeres, como los varones, no somos todxs iguales.
Sin dudas, las hay más o menos altas, inteligentes, menos inteligentes, impacientes, seditas, pasionales o frías. Pero como una cultura vieja como el mundo estableció modos de ser opuestos, atribuyendo al género determinada característica como naturaleza, resultó que la diversidad se borró para adjudicar a las mujeres determinados rasgos y capacidades diferenciales, y a los varones, las otras. Entre ellas, por ejemplo, que nuestra posibilidad de parir nos hacía afectivas y por ende, mejor dotadas para el cuidado de los otros: marido e hijos. El lugar entonces, la casa, lo doméstico, la cocina.
Los varones dijeron que éramos incapaces para las cosas públicas, para la discusión, para ganar el sustento o para vivir solas y ser autónomas de la autoridad del padre o del marido o hasta de hijos varones.
Se nos impidió por esto el acceso a la educación, a la sociabilidad, para que solamente tuviéramos como horizonte ser buenas amas de casa y madres.
Las mujeres, decía, no somostodas iguales. Los varones, tampoco.
Algunas desafiaron – a costos altísimos- lo establecido y demostraron que la presunta naturaleza femenina era un invento apoyado en la necesidad de controlar la potencialidad de nuestro intelecto, de nuestra creatividad y coraje, que algunas tenían y otras, no sabemos si las hubieran podido tener.Estaba vedado probarlo. Hubo infinidad de mujeres que a pesar de verbalizar la supremacía masculina, gobernaron, guerrearon, fundaron imperios. Otras no.
Muchísimas otras hicieron todo lo que un varón podía hacer. Pasa que como la historia está escrita mayoritariamente desde una perspectiva androcéntrica, bueno…no tenemos rastros, o esforzadamente reconstruimos – gracias a las luchas y la tenacidad de las mujeres- fragmentos discontinuos de nuestras osadías.
Estaba en que no todas, por el mero hecho de ser mujeres, somos iguales. Y los varones tampoco. En todo caso, en lo que sí hemos igualmente oprimidas en el hecho de haber sido presas de una igualdad desigual, quiero decir, una igualdad abstracta, una mentira. La ciudadanía heredada de la ilustración es un ejemplo. ¿Qué pasó con las ciudadanas? ¿Qué paso con Olympe De Gouges?
Doñá Soledad, cantaba Zitarrosa, que quiso querer pero no pudo poder.
Como a quienes no se les ha dado opciones se los acusa de no estar preparadxs para elegir. La costumbre de la exclusión naturaliza esa violencia para que no se intente desarmarla. Hasta se nos culpa de lo que se nos hace. ALgunas mujeres creen que se merecen la subordinación, porque llevamos siglos de letanía para convencernos.
Tomémonos el trabajo de buscar desde qué años se nos ha permitido el voto. O comparemos los códigos civiles, y veamos cómo en repúblicas democráticas no podíamos tomar ninguna decisión importante sin la autorización del marido.
Cuando en Argentina conseguimos la ley que nos permitió votar, algunas de las sufragistas que habían peleado denodadamente por ese derecho se opusieron al proyecto impulsado definitivamente por Eva Perón. Eran mujeres. Todas.
Por eso, como las mujeres no somos iguales, por ejemplo, en pleno menemismo se sancionó la ley de cupo y mediante esa medida entraron a formar parte de las listas muchas “esposas de”, o “hijas de”, sin tener peso propio ni méritos. Pero de otra manera, sin esa medida de discriminación positiva para competir en condiciones un poco más leales, no tendríamos tantas excelentes mujeres en la política como siempre podría haberlas habido con reglas más parejas.
Omito el detalle de la cantidad de ineptos varones que no tienen que pagar costos porque, simplemente, son varones, son secretarios generales de los gremios, diputados, presidentes, intendentes, candidatos, etc.
Pretender que “las mujeres somos esto o aquello” es parte de la misma lógica tramposa y discriminadora, lógica violenta que nos concibe inferiores porque al negar las diferencias ya comete la injusticia en nombre de algo que es más una expresión de deseos que una realidad.
Lo aprendimos las mujeres cuando, en la evolución de la lucha contra lo que llamamos patriarcado, nos dimos cuenta de que estaba bien afirmar nuestra especificidad, para volvernos visibles, para empoderarnos, pero que de ninguna manera el mero hecho de ser “mujeres” implicaba que fuéramos solidarias o buenas entre nosotras, que tuviéramos los mismos puntos de vista, o que no fuéramos unas jodidas como cualquier macho jodido machista.
Hay mujeres machistas y otras que sin ser militantes feministas, tienen una experiencia que abrió cierta conciencia de subordinación; que tienen sabida y sufrida la desigualdad en razón de su género. También existen y han existido varones que han cuestionado su histórico lugar de privilegio; y que, más allá de la situación individual, tienen la perspectiva crítica que aportamos nosotras, las que luchamos por esa equidad que nos permita una demostración polémica, en cada caso concreto, de lo iguales que presuponemos ser (eso que Rancière llama política, por cierto).
Las mujeres no somos iguales. Y los varones tampoco. Hay Chiches, y hay Cristinas. Hay Hebes, y hay Mirthas... estás vos que leés, está otra que prefiere cuidar la celulitis y hacer dieta de manera compulsiva. Hay quienes gozan de ser amas de casa porque lo eligen y otras que hacen otras cosas fuera de la casa ( y también cuando regresan, las cosas de la casa).
Y muchas otras que no se parecen a ninguna de ellas.
El asunto es desmontar las trampas de la igualdad declamada, ponerla en evidencia, y torsionar el imaginario que las sostienen, para llenar de diferencias en equidad, nuestro paisaje humano. Entonces tal vez vivamos, un pocquito más, en condición de iguales siendo tan diferentes.