jueves, 6 de mayo de 2010

Eva. La pasión y la razón

Pensando en Evita. Pensando en su vida, descomunal, arrasadora, me pregunto: ¿Con qué derecho se divorcia la pasión de la razón?¿ Cuáles son los argumentos para oponer la deliberación racional al sentimiento profundo, a la entrega sin cálculo alguno? Esas dicotomías tienen una larga historia... Desde hace siglos, separar el alma del cuerpo para domar las pasiones consideradas bajas o peligrosas, fue la línea triunfante que fundamentó el desprecio por la carne, el sexo, la mujer, el indio, el negro, el pobre. Con la sociedad de masas, la multitud fue vista como salvaje, irracional, incapaz de discernimiento. Peligrosa en su imprevisibilidad, desde la mirada atemorizada o paternlista de una élite bienpensamte, de impecables buenas maneras, había que conducirla para impedir una deriva que amenazara el orden jerárquico trazado por Dios, o por la etapa evolutiva de una humanidad que progresaría –lentamente pero sin pausa- a su felicidad. Mientras tanto, quienes ya poseían las luces se arrogaban el derecho incuestionable a conducir a los/as otros/as hacia un futuro equitativo... Mientras tanto, los brazos laburantes, imprescindibles para ese progreso, debían continuar dóciles o ser persuadidos por la fuerza del lugar que les correspondía.

Cuando se instituyó al gaucho como la figura mítica en Argentina – la verba de Leopoldo Lugones lo celebró en el Centenario – apenas si quedaba alguno vivo. Fue usado como carne de cañón en las campañas exterminadoras de los indios, o en la guerra fraticida, o en la vergonzante embestida contra el Paraguay. Cuando una multitud en huelga en la Patagonia fue masacrada por un militar disciplinado y racional, a pedido de los patrones de estancia, la única muestra de dignidad humana la dieron las mujeres de un prostíbulo miserable que se negaron a atender a esa clientela de asesinos.

Una mujer nacida como ilegítima se subió a un tren para seguir su sueño de ser artista en Buenos Aires. El azar la unió a un hombre que estaba en el momento y lugar justos, haciendo un puente inédito con los miles de silenciados, olvidados y oprimidos de un país que se decía civilizado. La “negrita”, cuyo coraje afloró ni bien tuvo la oportunidad de demostrarlo, conquistó esas masas que la adoraron. ¿Cómo fue esto posible? Ella era una de ellos y ellas. Ella sabía de lo indecoroso de ser visible de repente, de lo irracional que representaba que una sirvienta o un obrero pudieran tener vacaciones en el mar, que un gurisito del monte tuviera zapatos, que un peón se sintiera por primera vez libre de sostener la mirada ante el patrón... Ella, que les escribía cartas cuando enviaba un remedio o una máquina de coser al último rincón, arengaba a esas multitudes odiadas que inundaban la plaza en su hormigueo dichoso con palabras inflamadas de amor. Vociferaba de odio también ante la hipocresía y los que llamaba “vendepatria”, que la calumniaron y brindaron por su agonía.

¿Con qué derecho, Evita, te trataron con ese odio quienes hacían gala de mesura? ¿Con qué vara se miden tus virulentos discursos que emocionan hasta el llanto? ¿Con qué razones secuestraron tu cadáver como si haciéndolo borrasen tu fantasma, presente y rotundo en cada pecho que te sentía como propia?

Ojalá tenga, Evita, tu fuerza y tu indignación intactas para no dejar de resisitr a lo intolerable, a la injusticia, al silencio. Como tantas otras mujeres locas de pasión , te siento también un poco mía, una lucecita infatigable haciendo camino, a puro amor y ternura. Pasiones en las que te consumiste y que te hacen, justamente, tan querida.