viernes, 20 de febrero de 2015

El orden de Dios

El Papa advierte otra vez contra la teoría de género y las personas trans, que, "como las armas nucleares", desfiguran al hombre y a la mujer, y alteran "el orden de Dios".Se me ocurre muy oportuno que asome de labios del papa popular, latinoamericano y progresista respecto de la geopolítica o la economía, la reafirmación de principios nodal de la religión que él lidera, recordando que hay un orden estable, inmutable, que no puede alterarse y que este poder terreno defiende a capa y espada en medio de gestos "modernos" en lo pastoral.
El orden divino, accesible a ellos, varones, sean profetas o intérpretes, papas, imanes, rabinos, pero siempre varones, resiste todo cambio histórico o sedimentación cultural. Ese orden divino inalterable presta contenido a nombres como "justicia", "humanidad", "verdad", traza los límites de la acción y la elección, consagra el poder de unos frente a la amenaza de los otros.
Si nos fuéramos a los confines de la historia no nos bastaría la vida para enumerar las masacres cometidas en nombre de ese orden.
Desde el inicio de la religión institucionalizada como cristianismo oficial, las luchas políticas de las primeras corrientes disputaron interpretaciones y el lugar que sanciona y se arroga "la interpretación". Es cuestión de recorrer las discusiones de los primeros siglos de la era cristiana occidental, la pelea con los iconoclastas y las herejías. Fue un Concilio - una reunión de obispos - el que estableció no solamente los sacramentos tal como los conocemos, sino también el uso de la Inquisición. Los Concilios de Tours y de Letrán fueron convocados en los siglos XII y XIII para tomar medidas contra los cátaros o albiguenses que se habían extendido por gran parte del territorio europeo y que resistieron fuertemente en el Languedoc francés hasta su exterminio. Tras la Reforma protestante, estableció la censura contra toda publicación contraria a los pensamientos de la Iglesia Católica y además publicó una edición definitiva - la única considerada legítima- de la Biblia,la cual sólo el Papa y los obispos tenían el poder de interpretar. El caso Lutero había enseñado una lección, sin dudas, en tiempos en que la imprenta y la lectura se extendían, y las imágenes ya no eran el único vehículo del temor a Dios desde las monumentales catedrales, los frisos y el conmovedor arte religioso.
Entre otras cosas, es interesante recordar que entre los cátaros - movimiento que se expandió entre los siglos IX y XII en la clandestinidad- el rol de las mujeres no era subordinado, que se condenaba el poder material y el de la Iglesia católica en particular. Fueron perseguidos, difamados y poco se sabe aún de sus prácticas y su doctrina. La historia la escriben los que ganan...

Poco después un fraile que se condolió del sufrimiento masivo del genocidio perpetrado en lo que sería luego llamado el continente americano, Bartolomé de las Casas, debatió con Ginés de Sepúlveda el carácter de "guerra justa" de la presuntamente civilizada cultura europea contra toda aquella cultura que no se le sometiera, como los habitantes originarios de estas tierras "descubiertas".
Enrique Dussel destaca en "El primer debate filosófico de la Modernidad" cómo la estrategia legitimadora de la conquista retoma argumentos de Aristóteles - de la época democrática griega esclavista- que justifican la conquista y la reducción a la servidumbre y a la esclavitud en estos términos: "Y si rechazan tal imperio se les puede imponer por medio de las armas, y tal guerra será justa según el derecho natural lo declara [...] En suma: es justo, conveniente y conforme a la ley natural que los varones probos, inteligentes, virtuosos y humanos dominen sobre lodos los que no tienen estas cualidades."
Se parte de la superioridad de la propia cultura simplemente por ser la propia. Y se impondrá en toda la modernidad: se declara no humano el contenido de otras culturas por ser diferentes de la propia, como cuando Aristóteles declaraba no humanos a los asiáticos y europeos bárbaros, porque "humanos" eran sólo "los vivientes que habitaban las ciudades [helénicas]" (Aristóteles, Política i 1; 1253, pp. 19-20). El argumento filosófico justifica la guerra justa contra los indígenas por impedir la "conquista", que a los ojos de Ginés es la necesaria "violencia" que debía ejercerse para que los bárbaros se civilizaran, porque si fueran civilizados no habría causa de guerra: "Cuando los paganos no son más que paganos [...] no hay justa causa para castigarlos, ni para atacarlos con las armas: de tal modo que, si se encontrase en el Nuevo Mundo alguna gente culta, civilizada y humana, que no adorase los ídolos, sino al Dios verdadero [...] sería ilícita la guerra" (Ginés de Sepúlveda, J., 1967, p. 117).Bartolomé refuta la superioridad del Dios invocado por los conquistadores, reconociendo a los indios el derecho a defender sus creencias y ritos. Bartolomé, un cura, razona de esta forma: "Dado que ellos [los indios] se complacen en mantener […] que, al adorar sus ídolos, adoran al verdadero Dios [...] y a pesar de la suposición de que ellos tienen una errónea conciencia, hasta que no se les predique el verdadero Dios con mejores y más creíbles y convincentes argumentos, sobre todo con los ejemplos de su conducta cristiana, ellos están, sin duda, obligados a defender el culto a sus dioses y a su religión y a salir con sus fuerzas armadas contra todo aquel que intente privarles de tal culto [...] están así obligados a luchar contra estos, matarlos, capturarlos y ejercer todos los derechos que son corolario de una justa guerra, de acuerdo con el derecho de gentes" (Las Casas, B. de 1989, p. 168).
Dussel destaca la maestría argumentativa del fraile que invierte la interpretación: no es que su "barbarie" justifique que se les haga guerra justa, sino que, "por tener dioses verdaderos" (mientras no se pruebe lo contrario), son ellos los que tienen motivos para hacer una guerra justa contra los europeos modernos invasores.

Es verdad que en este debate ganó la fuerza, como ganaron los franceses colonialistas redactores de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Cuando el líder de la revolución haiitana Toussaint L'Ouverture saludó la igualdad y la libertad universal proclamada en Europa que alcanzaba entonces, si era universal, a los negros esclavos que luchaban por su independencia y libertad, recibió como respuesta el envío de una flota disciplinadora.
La libertad y la igualdad humanas tampoco eran para las mujeres: el atrevimiento de Olympe De Gouges de redactar palmo a palmo con la universal, la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana en 1791, tuvo como resultado la condena a la guillotina y el escarmiento hacia todas las que desconocieran el lugar natural - el orden divino- que las incapacitaba para la política y las detinaba meramente a la reproducción y al servicio al hombre.
Para Karl Marx, que adoptó el punto de vista del proletario, la mujer era una necesidad natural; una esposa es una "necesidad" del trabajador, como sostiene en el tercero de sus Manuscritos Económico Filosóficos de 1844. Tercer Manuscrito. Acá no hay orden divino manifiesto pero la naturaleza funciona de la misma forma, como el límite inmutable separado de la cultura o el trabajo que la transforma. La denuncia de Flora Tristán acerca de la situación de las mujeres "las proletarias del proletario", continúa vigente para millones de seres humanos no percibidos como libres, ni iguales, ni...humanos.
El orden divino que siempre tiene constricciones históricas, es decir, que se expresa según las épocas, de manera cambiante y modificable, se reconfigura constantemente para perpeturar la naturalidad nada natural de la unión del varón y la mujer donde ellas son oprimidas y subordinadas, explotadas y violentadas, sin la autonomía para un proyecto vital por fuera o que combine de manera novedosa la procreación y el servicio a lxs otrxs.

La justificación de la represión de todo aquel modo de vida o resistencia que se desvíe sigue siendo calificado como patológico, como lo fue el comportamiento de las rebeldes mujeres que lucharon en las guerras de la independencia anticoloniales en lso siglos XIX y XX,- desmintiendo el pudor y la pasividad femeninas- y de tantxs, entre ellas, lxs personas no heterosexuales consideradas hasta hace menos de veinte años "enfermas" por la Organización Mundial de la Salud. Claro, porque la ciencia es otro discurso teñido de las ideologías dominantes y prejuicios que el mismísimo Einstein reconoció: "es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio".
Si hiciéramos la cuenta de las barbaridades cometidas contra millones de seres humanos a partir de estas justificaciones del orden civilizatorio occidental y cristiano, no terminaríamos más y seguramente, siempre nos faltarían víctimas a ser contadas.

Quiero recordar, teniendo presente además el carácter geopolítico que reviste la elección de este Papa - por ser de esta parte de América, en la que pasan las cosas más nuevas en materia de politica y con una amplia población católica-, que por algo Néstor Kirchner polemizó con el entonces Cardenal Bergoglio. El purpurado había calificado de "movida del Diablo" el matrimonio igualitario, llamando a una "guerra de Dios" contra lo que se ocnvirtió, a pesar de las presiones y amenazas, en una ley del Congreso y una realidad legitimadora de la vida de lxs excluídos de la ciudadanía plena en Argentina. Que significó ampliar el horizonte, como siempre digo, para homosexuales, lesbianas, pero también para heterosexuales: distintas formas de amar y de organizar las familias hacen a una recongiguración de la política de profundos efectos liberadores, desmintiendo la perversión de una orientación sexual o de género.
Indaguemos más en los maltratos y abusos que cometen las familias heterosexuales. No se es perverso por no ser heterosexual, de la misma manera que no se es malvado por carecer de religión que brinde fundamentos al respeto a la dignidad humana, la libertad de pensamiento, la libertad. En las Marchas del Orgullo actualmente celebramos la diversidad que profundiza la democracia. Se baila; no se llama a la guerra ni a la venganza.

Perversos son los que bendijeron el exterminio a viva voz, los Monseñores Bonamín en la selva tucumana del Operativo Independencia, los Plaza, lxs Von Wernich - que sigue siendo cura-, los que confesaban y aliviaban la conciencia de torturadores, asesinos y violadores.
Perversos son quienes robaron la identidad de lxs hijxs de las desaparecidas embarazadas en los centros clandestinos de detención en nombre de los valores cristianos que las "buenas familias"de los militares les garantizaban, manchadas de la sangre de sus padres y madres, y contaminadas de complicidad y silencio.
Perversos los pederastas y abusadores, los entregadores - Bergoglio tiene un pasado controversial que no se lava con otros gestos indiscutibles-, y la institución que lidera no ha pedido perdón por haber legitimado el ecterminio del terrotismo de estado que desangró la patria. La Iglesia Católica argentina que recibe los dineros de todxs nosotrxs de manera privilegiada, que tiene sus símbolos en los juzgados y que mantiene un discurso reñiddo con las doctrinas más avanzadas en materia de derechos humanos, que se opone a la interrupción voluntaria del embarazo, a la ley de identidad de género, que mantiene su postura de calificar de enfermas a las personas, mantiene en silencio su interminable complicidad con los crímenes más aberrantes, la matanza de millones de mujeres acusadas de brujería, la persecución de judíos, musulmanes, herejes, siempre de la mano del poder, con la cruz - que bien habla de ella, porque utilizar como emblema un instrumento de tortura no es poco- y sobre todo, con la espada.